Hubo un largo silencio; al cabo del cual, como si en aquel punto don Sabas hubiera terminado de hablar, Teófilo, con ojos desmesurados y voz sombría, interrogó:
—Pero, ¿Conchita?...
—¡Pobre Conchita! —balbució don Sabas.
El ciego continuaba llorando con los ojos secos.
PARTE IV
HERMES TRIMEGISTO y SANTA TERESA
Carpe diem quam minime credula postero.
Horacio.
I
—¿Qué le han hecho a esa niña? ¿Por qué llora esa niña? ¡Milagritos, rica, ven acá! —rugió Travesedo, desplegando convulso la servilleta sobre los muslos. Luego se afianzó las gafas. Estaba sentado a la cabecera de una mesa redonda dispuesta para la comida, con un mantel agujereado, cubierto de manchones cárdenos, uno de ellos dilatadísimo, y de redondeles y trazos de coloraciones diferentes, como mapa geológico que atestiguase los sucesivos estadios genesíacos de la hospederil semana culinaria. En torno de la mesa, el resto de los huéspedes aguardaba el advenimiento de la sopa. Eran estos don Alberto (Alberto Díaz de Guzmán); don Alfredo, de apellido Mayer, conocido dentro de la casa por el teutón, al cual, en la historia geológica inscrita en los manteles, correspondía el período diluviano, que no había semana que no derramase el vino, y para vergüenza le colocaban delante el manchón cárdeno, testimonio de su ignominia; el señor del Alfil, a quien se le llamaba por el apellido para evitar confusiones, porque su nombre era Alberto; Macías a secas, sin añadido honorífico, no se sabe por qué, cómico a la disposición de las empresas, así como el señor del Alfil, y, por último, don Teófilo (Teófilo Pajares).