El comedor, pobremente atalajado, tenía un balcón abierto de par en par sobre un gran patio de vecindad, en cuyas paredes, recién encaladas, el sol resplandecía. Era prima tarde; un día voluptuoso de primavera. Entrábanse por el balcón ráfagas de brisa, y en ellas diluido el sol templadamente. La ropa blanca que de unos cordeles pendía de lado a lado del patio, danzaba en el aire con movimiento elástico y gracioso de apacibles banderas. Era, en suma, uno de esos días madrileños de ambiente enjuto y ardiente, demasiado puro para respirar, de suerte que provoca una grata emoción de angustia en el pecho: esos días de tan acendrada vitalidad y belleza que al huirse dejan a la zaga los más tristes crepúsculos. No había olor de flores ni sugestiones de renacimiento vegetal, que es por donde la primavera se muestra más deleitablemente; pero una criada cantaba una cancioncilla del género chico, y con ser depravada la música y la voz nada melodiosa, dijérase que acariciaban así el sentido del oído como el del olfato, y que estaban saturadas una y otra de evocaciones rústicas, de claro rumor de agua y de bosque.
Oíase también, como contraste doloroso, el llanto de un niño.
—¡Que me traigan esa niña! —volvió a aullar Travesedo, elevando los brazos.
Entró Antonia la patrona en el comedor, conduciendo de la mano y casi a rastras a una niña, como de seis años, la cual lloraba como lloran los niños, con tanta intensidad que parecía que el alma, licuefaciéndose, se le derramaba por los ojos. Así que Travesedo la tomó en brazos la niña se tranquilizó. La sentaron en una silla alta que al efecto estaba apercibida entre Travesedo y Alberto, y por más que preguntaron no consiguieron conocer la causa de la llantina. Eran todos los que vivían en aquella casa hombres mayores de treinta años, todos solteros. Trataban a Milagritos, que era feúcha y enfermiza, con una ternura casi religiosa. El único que acreditaba absoluta insensibilidad a este respecto era Macías.
—No puedo oír llorar a un niño —declaró Travesedo, pasando su mórbida mano sobre la melenilla de Milagritos, de un rubio grisáceo.
—Ni nadie —corroboró Macías, mojando una sopa en vino—. El llanto del niño y el canto del canario son las dos latas mayores del universo. Le vuelven loco a cualquiera. Comprendo a Herodes.
—¡Qué bruto! —exclamó Alfil, un hombre desmesurado, rubio maíz y de ojos incoloros, que comía con el gabán puesto.
Travesedo miró con asombro a Macías, luego a Alberto, con alacridad, y soltose a reír. A Travesedo, la estulticia y brutalidad ajenas, en lugar de indignarle le inducían a desordenados extremos de alegría.
—¿Has oído?
—Ya, ya —respondió Alberto, con gesto de lástima.