—Usted llegará muy lejos, Macías; usted será un gran hombre. Acuérdese de que yo se lo digo —afirmó Travesedo. Puso los codos sobre la mesa, y continuó con entonación disquisitoria—: Esto del llanto de los niños es una sensación puramente española.

—Claro —entró a decir el teutón—, yo en Alemania nunca he oído a los niños llorar.

—Tiene razón Alfredín —Travesedo llamaba siempre así al alemán—. A mí me ocurrió una cosa semejante; quiero decir, que el primer año que estuve en Alemania olvidé que los niños lloran. Y si vieran ustedes cuando volví a dar en ello qué malestar tan grande me entró. Venía a pasar las vacaciones a España: en tercera, y aun así y todo el dinero me llegaba ras con ras. En la frontera tomé un tren mixto; de esos trenes... en fin, un tren mixto español. Durante el día, todos los viajeros bebían como bárbaros y vociferaban como energúmenos. Al caer de la tarde el tren se había convertido en tren de mercancías, porque los hombres eran fardos, no personas. En cada estación, esas pobres estaciones castellanas en despoblado, el tren, que parecía un convoy funeral, se paraba veinte minutos. ¡Qué silencio! No era noche aún. Entre la tierra y el cielo flotaba un estrato de polvo. Veíanse tres, cuatro álamos, de raro en raro, o un hombre montado en un pollino, sobre la línea del horizonte, que producían la ilusión óptica de ser gigantescos. Luego he tenido ocasión de observar muchas veces y en diferentes órdenes de cosas el mismo fenómeno; en España un pollino visto contra luz se agiganta sobremanera. Pues, a lo que iba; en una estación, Palanquinos, nunca se me olvidará, después de una parada eterna y en medio de un silencio abrumador, oigo llorar a un niño... Vamos, renuncio a expresar lo que en aquellos momentos sentí.

—Ja, ja, ja —Macías produjo una carcajada teatral—. Eso quiere decir que en Alemania los niños no lloran.

—Por lo menos yo nunca les oí llorar, sino reír y cantar —extrajo el reloj del bolsillo, y en mirándolo se desató en grandes exclamaciones—: Pero, ¡Antonia!, ¡mujer!... Las dos y cuarto y aún no ha traído la sopa... Esto es un escándalo. Esta casa es un pandemonium.

Oyose la voz de Antonia, respondiendo:

—Cállese, condenado, que no hace más que gruñir.

Travesedo se levantó, salió, y volvió al punto trayendo él mismo la sopera. Detrás venía Antonia; su sonrisa era triste e indulgente.

—¿Dónde está Amparito? —inquirió Alfil.

—Yo qué sé; quizás en el cuarto de Lolita.