—¡Qué escándalo! Pero, mujer, ¿le parece a usted bien eso? ¿No es un abuso, una locura, y sobre todo un caso de imprudencia temeraria? —sermoneó Travesedo—. ¿Le parece a usted bien que una niña como Amparito, que ha tenido la suerte increíble de pillar un novio decente, nada menos que un ingeniero, y que está para casarse de un día a otro, frecuente la sociedad de una prostituta, de la cual no puede aprender nada bueno?

El teutón y Alfil asegundaron las amonestaciones de Travesedo.

—No me muelan el alma. Lolita es una infeliz...

—Sí que lo es —admitió Travesedo.

—Y en cuanto a Amparito, ella sabrá lo que le conviene —por acaso, Antonia echó la vista sobre la mesa y vio que el pan había desaparecido—. ¡Condenados! Pero, ¿se han comido todo el pan? Jesús, Jesús, qué ruina. Si no hay dinero que baste para darles de comer. Si no es posible: ocho francesillas... De seguro fue el señor de Alfil.

—Como ha tardado usted tanto en traer la sopa... —respondió Alfil muy ruboroso. Llevaba cinco meses en la casa y aún no había podido pagar ni un céntimo: todo el invierno sin contrata. No se despojaba del gabán porque los pantalones estaban rotos por la culera y le descubrían las carnes. Continuó—: Hablando, hablando, querida Antonia, sin que uno se dé cuenta se va engullendo el pan —y por disimular su turbación, con digno continente hacía y deshacía el nudo de la flotante chalina, azul cobalto.

—Está en lo cierto Albertón —dictaminó Travesedo, que se arrogaba dentro de la casa funciones de tribunal en última instancia. Solía poner en aumentativo o diminutivo los nombres, según la estructura física de las personas y el afecto que a ellas le unía—. En esta casa todo va manga por hombro. Miren que mantel: si quita las ganas de comer...

—¡Qué más quisiera yo! Y, sobre todo, ¿quién tiene la culpa, sino ustedes, que son unos marranos? —decía Antonia en un tono más de observación crítica que de reproche, y al mismo tiempo repartía la sopa.

—Ya le he dicho mil veces que no quiero que usted sirva. ¿Para qué está Amparito? ¡Amparito!...

«Don Eduardo...» Oyose una voz lejana, inocente y mimosa. Travesedo añadió: