—Venga usted ahora mismo, so holgazana.
—Basta, Antonia: no eche usted más sopa.
—¿Es que no le gusta a usted, don Teófilo?
—Es que no tengo gana.
—Nunca tienes ganas, y eso no puede ser. Hay que hacer un esfuerzo, querido Pajares— impuso Travesedo.
—Si no puedo, Eduardo —murmuró Teófilo, con doliente sonrisa.
En esto llegó corriendo Amparito, hija natural, como Milagritos, de Antonia, cada cual de padre diferente. Era Amparito una muchacha de dieciocho años, en extremo agraciada, aun cuando la nariz propendiese a pico de loro; apenas púber por las trazas de su desarrollo, y tan candorosa que cautivaba. Acaso su mayor encanto era la voz, una voz blanca, de terciopelo.
—¡Puaf! ¿No se le cae a usted la cara de vergüenza? Consentir que su madre lo haga todo, todo, que la pobre no sé cómo puede con tanto, y usted, en el ínterin, holgazaneando, y ¿cómo? Que no vuelva yo a saber que entra usted en el cuarto de Lolita —la reprimenda de Travesedo tenía un aire afable de contrahecha severidad paternal.
—Pero, don Eduardo..., es que ella me llamó —Amparito inclinó la cabeza ruborosa.
Todos contemplaban a Amparito con expresión de solicitud protectora, menos Macías, que solía mirarla como miran los hombres lúbricos a las doncellas ternecicas. Amparito estaba para casarse con un joven ingeniero de muy buena familia. Los huéspedes de la casa tenían puesta el alma en que tan singular fortuna no se malograse y en que aquel divino candor de la niña llegase al matrimonio sin ningún menoscabo, empresa muy delicada, si se tiene en cuenta que en la casa siempre se alojaba alguna prostituta de alto copete, de la cual Antonia obtenía los mayores subsidios y casi los únicos con que mantener su negocio, porque los otros huéspedes o no pagaban o pagaban mal y con intermitencias. Por el bien parecer no se consentía que la dama cortesana se holgase en la casa con sus eventuales amantes, y así se alojaba en calidad de señorita particular. Sobre Amparito, los huéspedes ejercían estrecha vigilancia. Así que la perdían de vista: «¿Dónde está Amparito?» Si había acaso salido: «¿Adónde ha ido? ¿Está usted loca, mujer, para dejarle salir sola?» Y un día que había dado un paseo en coche con Lolita, a la noche hubo en la casa un disgusto serio, a tal punto que Antonia se encrespó y dijo que en sus particulares asuntos nadie tenía que meterse, a lo cual Travesedo replicó determinadamente: «Cuando la madre es irresponsable, nosotros, en representación de la justicia y obrando por dictados de la conciencia, nos encargamos de la curatela de la hija.»