—¿Es que tienes a menos, niña, servir a la mesa porque te vas a casar con un señorito? Pues yo que conozco a tu novio desde que éramos así —en efecto, habían sido compañeros en el instituto—, y que le conozco bien, te digo que lo que él prefiere es que seas mujer de tu casa, sencilla y trabajadora. Y a propósito, ¿has tenido carta de él?
—Sí, señor.
—¿Cuándo viene?
—Dice que está ahora muy ocupado; pero para la semana entrante vendrá uno o dos días.
—Dime, Amparito, ¿cómo está hoy el San Antonio de Lolita? —preguntó Alfil, ingurgitando la última cucharada de sopa.
—Cabeza abajo, en la rinconera.
—¡Vaya por Dios! —exclamó consternado Travesedo—. Hoy andaremos escasos de principio y de postre.
Lolita era una mujer muy piadosa. No se sabe por dónde, había dado en la creencia de que San Antonio de Padua es el patrono de las rameras. En opinión de Lolita, aquel santo no suplía en el cielo a otro menester que el de velar por las prostitutas y favorecer a aquellas que fuesen sus devotas, otorgándoles gran número de amantes, y estos buenos pagadores. Por propiciarse y atraerse la protección de este simpático santo, Lolita tenía en una rinconera una imagen de él, en cartón piedra, con un niño Jesús de quita y pon, que encajaba en el brazo del bienaventurado por medio de una espiga metálica a manera de punta de París, la cual entraba dentro del traserito del divino infante. Delante de la imagen había unas flores rojas de trapo. Si acontecía que un día no se presentaba ningún amante, Lolita se enojaba con San Antonio, y en lugar de rezarle y besarle como tenía por costumbre, en actitud ofendida se acercaba a él y le quitaba las flores, murmurando: «Para que aprendas.» Si sobre el primero sucedíase el segundo día de vacío, el enojo de Lolita crecía de punto, y entonces arrebataba el niño Jesús de los brazos del Santo: «te has meresío esto y mucho má, porque ere un sinvergüensa», decía, mientras verificaba el despojo. Al tercer día de privaciones amorosas ponía al santo cabeza abajo en la misma rinconera. Al cuarto, lo trasladaba a un rincón de la alcoba, cabeza abajo siempre. Al quinto, lo golpeaba, lo llamaba cabronaso y otras palabras malsonantes, y lo metía en el cubo del lavabo. Cuando Lolita llegaba a tan sacrílegos extremos, el resto de los huéspedes, sin duda por contener la cólera divina y desagraviar a San Antonio, solía incurrir en ásperas abstinencias.
Presentose Lolita en el comedor con una bata sucia y la pelambrera aborrascada en hopos y greñas. Traía en la mano un paquete de barajas. Era una cuitada, muy afectuosa y no menos fea, de una simplicidad y falta de seso increíbles. Llamaba a todos de don, si bien todos la tuteaban. Tenía la piel de un moreno terroso y ajado, la boca risible por lo pequeña, los ojos negros y lindos, la nariz como el mango de un formón. Saludó a todos con mucha efusión y comenzó a quejarse de su mala pata. La culpa la tenía un jorobado que había visto en la Elipa hacía cuatro noches. Sin preocuparse por la comida, comenzó a echar las cartas.
—Corte usté, don Alfredo.