—¡Uf!, supersticiones, me dan susto —respondió el teutón, sacudiendo la mano en el aire.

—Yo cortaré, Lolita, ¿sirvo yo? —intervino Macías.

—Tres montonsitos, así. A ve —colocó sobre la mesa la sota de bastos.

—Zorras a principio de cazadero mal agüero —sentenció Alfil que andaba rebañando el pan de los demás, a favor del interés que tenían puesto en las manipulaciones de Lolita.

Lolita había torcido el morro al ver la sota de bastos.

—¡Jesú, Jesú! Si e la mala pata. Esta sota quié desí mujé o viuda morena, ardiente, imperiosa, poniendo trabas a todo —y sacó ahora el siete de espadas. Tan pronto como lo vio, se llevó las manos a las greñas, aborrascándolas más de lo que estaban.

—Algo gordo —habló Alberto.

—¿Gordo? ¡Uy!, no lo sabe usté bien. Este siete quié desir preñés. Vamos, que no pué sé y que no pué sé.

Esta vez salió el caballo de espadas. Lolita arrojó colérica las cartas y comenzó a lloriquear.

—¡Ea, Lolita!, no hagas caso de esas tonterías —aconsejó Travesedo.