—¡Ay, don Eduardo de mi arma! ¡Ay, si usté supiera!...
—¿Qué es, criatura?
—Joven de malas costumbres, mal sujeto, traidó; ataque a la vuerta de una esquina.
—¿Todo eso decía aquella carta?
—Toíto eso y mucho más. Es er jorobao, es er jorobao que me anda persiguiendo. Yo no sargo hoy de casa, no sargo hoy de casa.
—¿Por qué, inocente? No seas imbécil —dijo Alfil, que era el de mejor apetito de todos.
—¿Cómo quié usté que sarga hoy a la caye? Pero, ¿no ha visto usté, como la lu, que las cartas me han salío ataque a la vuerta de una esquina y sujeto traidó?
—No seas niña, ¿qué saben las cartas? De seguro hoy tienes mucha suerte, con el día que hace, que convida al amor —añadió Alfil.
—Que no sargo, señor Alfil, que no sargo a que me asesinen.
—¡Qué ignorancia! —exclamó Alfil, enarcando las cejas.