Amparito presentó a Lolita un plato de sopa.

—No quiero sopa. Oiga usté, Antonia, no voy a comé na má que una fransesiya con manteca. Me la pone usté al horno y que esté bien rehogá.

—¿Una francesilla? —habló Antonia, con sonrisa triste y cansada—. Como no se la saquemos al señor Alfil del papo...

—Pero, ¿es que no hay pan?

—A ver —añadió Antonia—. ¿Cuántos días hace que usted no paga?

Lolita pagaba al día por varias razones: primero, porque era tan de mano abierta que el dinero se le iba sin saber cómo y era imposible hacerle pagar grandes cantidades de una vez; segundo, porque su aparato intelectual era refractario a las operaciones aritméticas y no sabía contar sino por los dedos de una sola mano, de suerte que cuando las cuentas subían no había modo de hacérselas entender, y ella presumía que se aprovechaban de su ignorancia cobrándole más de lo justo. Con la planchadora tenía siempre grandes altercados y disputas. Se había olvidado de los años que tenía, aun cuando guiándose por la fecha más importante en su vida (la pérdida de la doncellez), que había acaecido a los quince, calculaba ella que su edad se aproximaba a los diecinueve, si bien lo probable era que andaba lindando por los treinta. Dada esta incapacidad nativa para las matemáticas, pagaba cada día dos duros a Antonia, y cuentas claras, con los cuales la patrona, con esa virtud evangélica de las patronas españolas que para sí quisieran los ministros de Hacienda, hacía milagrosas multiplicaciones en el mercado.

—Vamos, no seas remilgada y come lo que haya.

Lolita, que era muy dócil y bondadosa, se resignó. En este punto Travesedo inició un tema de conversación a que era muy aficionado: cuestiones financieras. El talento que Dios había negado a Lolita se lo había concedido en gran medida a Travesedo. Hacía de memoria los más intrincados cálculos. Su cabeza era un archivo de vastos y miríficos proyectos económicos. Tenía proyectos para todo: un presupuesto del Estado, un banco hipotecario, un ferrocarril eléctrico en el puerto de los Pinares, casas para obreros, colonización económica en el norte de África. Había escrito sinnúmero de memorias, perfectamente concienzudas, en donde se demostraba la suma de beneficios sociales que los proyectos acarrearían, y el lucro pingüe que el capital en ellos invertido había de obtener necesariamente. Lo curioso es que tales proyectos eran, por lo general, muy razonables y serios; pero el autor no conseguía que nadie les prestase atención. Por lo cual tenía que dedicarse a negocios sucedáneos y mezquinos que le fracasaban siempre, como aquel del circo, iniciado bajo excelentes auspicios y apuntillado por orden de la autoridad la misma noche de ponerse en marcha.

A los postres se presentó Verónica. Era visitante asidua de la casa y todos la veían con buenos ojos. A partir de aquella noche de su gran éxito había abandonado la carrera azarosa del vicio mercenario para hacer vida humilde y honesta. La habían contratado en un teatro de variedades, con diez duros por noche, y era la bailarina predilecta del público. Con su sueldo ayudaba a vivir a la familia y ahorraba para lo porvenir. Había conseguido que contratasen a su hermana Pilarcita, la cual era por entonces de conducta tan relajada como Verónica lo había sido en otro tiempo. Toda la existencia de Verónica se reducía a ir de su casa al teatro, del teatro a casa, y algunas veces a casa de Antonia a pasar la tarde. Deseaba irse a vivir con la Antonia, pero nunca se atrevió a manifestarlo. Nadie se explicaba este cambio de Verónica, y menos que nadie Angelón, quien dio en la manía de enamoricarse de Verónica cuando esta dio en la manía de ser honrada. La perseguía de continuo, intentaba conmoverla con escenas dramáticas y de desesperación, y, en suma, le hacía pasar muy malos ratos, porque la mujer le tenía lástima. A pesar del entusiasmo del público por ella, que aumentaba con los días, y de la popularidad que había adquirido, Verónica conservaba su muchachil sencillez.

—El público está mochales —acostumbraba decir—. Porque, vamos, que me digan a mí que si bailo así y asao, como los gipcios y las bañaderas... Si yo no he sabido nunca bailar... Bailo lo que me sale, y acabao.