Algunos artistas, literatos y pintores habían pretendido cultivar su amistad; pero se habían cansado pronto, porque, como ellos decían: «Baila como un ángel; pero es una mala bestia y no se puede hablar de nada con ella».

Existían vehementes indicios de que Travesedo gustaba mucho de Verónica. La muchacha, que lo había echado de ver, trataba al hombre de las barbas lóbregas con un bien mesurado compás de afecto, equidistante del amor y del desdén.

—Siéntate aquí, neñina —habló Travesedo con ojos bailarines, poniéndose en pie y ofreciendo una silla a Verónica—. Nunca vienes por aquí.

—Anda, pues si he estao na más que dos veces en esta semana.

—Sería cuando no estábamos nosotros en casa.

—Sería. Y ustedes tampoco van nunca por el teatro.

—Neñina, desde aquella fementida noche del circo no puedo entrar en un teatro. Me da una cosa aquí, ¿sabes?, como si me revolviesen las tripas con un garabato.

—¿Trabaja usted mucho, don Teófilo?

—Sí. ¿Por qué lo dices?

—Porque tiene usted mala cara.