—Pues no suelo trabajar con la cara —dijo Teófilo secamente.

—Usté perdone si le he molestao —suplicó Verónica, con humildad.

—Cuánto siento, neñina, no poder quedarme contigo. Pero precisamente a las tres y media tengo una cita, y ya son las tres; de manera que perdóname y adiós.

—Adiós, señor Travesedo.

—Cada día estás más guapa. ¿No tienes novio aún, neñina?

—Novio... ¡Bah! A mí quién me va a querer.

—Cualquiera que no sea idiota.

Travesedo, Alberto y Teófilo salieron juntos. En las mismas escaleras Travesedo reanudó su palique económico.

—Voy a ver si convenzo a Jovino —decía—, y eso que después de lo del circo y el otro negocio de los mármoles está muy reacio en acceder. No es que él dude de la bondad de mi proyecto; es que yo, como sabes, soy muy pesimista, y con razón, y él se ha contagiado ya de mi pesimismo. Pero este negocio de ahora es de los que no tienen riesgo ninguno. Comenzará a producir así que se implante. Cierto que se necesitan cinco millones de pesetas, por lo menos, para empezar; pero figúrate si entre Jovino y sus amigos no pueden reunir el capital en media hora... Ahora bien, préstame atención.

Y Travesedo comenzó a exponer el negocio: un negocio en grande. Tratábase de la explotación de unas minas de cobre en Asturias, cuya opción por un año para la venta le habían dado los dueños de las minas a Travesedo. Este exponía por lo menudo los datos; cubicación de las minas, gastos de explotación por toneladas, gastos de acarreo por tonelada y kilómetro, fletes, precio del cobre en todos los mercados del mundo y así sucesivamente. Habían llegado a la puerta de un estanquillo. Travesedo se detuvo y continuó hablando: