—¿Te has fijado bien en los números? Resulta, por lo tanto, una ganancia anual segura de dos millones de pesetas; es decir, que el capital rendirá un cuarenta por ciento de utilidades. Como yo tengo la opción, he de ganarme en la venta de las minas por poco doscientas mil pesetas. Ahora, mis proposiciones son: un veinticinco por ciento de las utilidades y la dirección de las minas. ¿Qué te parece? —hizo una transición—. Cómprame un cigarro de quince céntimos que no tengo dinero. ¡Ah! Y un timbre móvil de diez.

Cuando Alberto salió con el cigarro y el sello, Travesedo prosiguió:

—Si hacemos el negocio te vienes conmigo a las minas. Ya verás qué bien nos arreglamos allí. Aquello es precioso y nadie te molestará para escribir tus libros. También tú, Pajares, si quieres, puedes venir con nosotros. Ya verás cómo por aquellas montañas la inspiración acude sin que se la llame. Vosotros, ¿adónde vais?

—¿Adónde vas, Teófilo? Yo al Ateneo.

—¿Con esta tarde? —exclamó asombrado Travesedo.

—Cierto, ¡qué tarde! Da gusto vivir. Días como el de hoy no se ven sino en Madrid. Hoy se comprende que la holganza es la única ocupación digna del hombre, y que la pereza, según dijo Pascal, es algo que nos hace recordar que somos dioses venidos a menos. Sin embargo, voy al Ateneo a oír la conferencia de Mazorral.

—Ya no me acordaba. Yo también iré. Tengo mucho interés en oírle. ¿Qué tal habla? —indagó Travesedo.

—No sé.

—De seguro no lo hará tan bien como Tejero. ¿Te acuerdas de aquel mitin? ¡Qué presencia, qué aplomo, qué fuerza! Me parece que le estoy viendo junto a las candilejas, al sesgo y adelantando el hombro izquierdo hacia el público. Parecía un hondero y cada sentencia una pedrada. Ya ves si iban bien dirigidas que derribó a don Sabas Sicilia del ministerio... ¿A qué hora es la conferencia?

—A las cuatro.