—La mujer nacida por este tiempo —leyó Amparito— será temeraria, imperiosa, intrigante y artificiosa; de genio voluble y desagradable, y amiga de empinar el codo.
—¡Qué calurnias! —suspiró Lolita, santiguándose y mirando con ternura al San Antonio cabeza abajo.
—En la vida —continuó Amparito—, todos sus planes se malograrán casi siempre por su misma locura y mala conducta en el amor; accederá a sus placeres solamente con miras particulares, y será inconsecuente y desleal. No dice más.
—¿Y te paece poco? Me ha puesto como un renegrido trapo.
—Ahora voy a ver la mía, si ustedes me lo permiten —habló Amparito.
—Vamo a ve, vamo a ve la donseyita de la casa.
—Yo nací el veintinueve de noviembre, de manera que... Sagitario —decidió Amparito después de consultar el libro—. ¡Ay, no sé qué me da!; no me atrevo.
—Anda niña y no seas desaboría.
Amparito comenzó a leer con voz rasa, como si leyese por rutina y sin desentrañar el sentido de la lectura. Entró en esto Travesedo y se detuvo a escuchar. Lolita y Verónica estaban tan absortas y embebecidas que no echaron de ver la llegada de Travesedo. Leía Amparito:
—En el amor será constante; pero querrá gobernar a su marido, de quien exigirá un estricto cumplimiento de los deberes nupciales, a cuyos deleites será demasiado inclinada; amará a sus hijos, pero será descuidada con ellos; será también afectuosa con su marido mientras que este siga haciendo a Venus los debidos sacrificios...