Travesedo no se pudo contener más tiempo. Penetró con paso decidido y continente amenazador, arrebató el libro de las manos de Amparito, lo hizo pedazos y miró luego a Lolita con expresión tan iracunda que la mujer quedó como petrificada por el espanto. Las otras dos tampoco daban pie ni mano. Travesedo rompió a vociferar:
—¡Largo de aquí inmediatamente, Amparo! Largo de aquí si no quieres que te eche a azotes, mala cabeza —Amparito salió temblando. Travesedo se encaró con Lolita—: Y tú, sinvergüenza, idiota, ¿no comprendes que estás corrompiendo a esa niña? Esto se ha concluido; hoy mismo coges tus trastos y te vas con viento fresco, hoy mismo. Yo no quiero cargos de conciencia.
Soltose Lolita a llorar con extremada amargura. Entrecruzó las manos en actitud orante, hipaba, volvía los ojos inocentes y cuitados tan pronto hacia el San Antonio acrobático como hacia Travesedo, y decía entrecortadamente.
—¡Ay, virgensita de mi arma, San Antonio... si yo no he tenío la curpa... que ha sío eya misma... por ver su sino der sodiaco!
La aflicción de Lolita y sus peregrinas lamentaciones determinaron en Travesedo una sensación epicena de ternura y de hilaridad. Verónica intercedió, asumiendo la responsabilidad de lo acaecido. Travesedo atenazó suave y paternalmente con los nudillos el desaforado apéndice nasal de Lolita e hizo por mitigar su desconsuelo con palabras blandas.
—Ea, sosiégate, feúcha, que la cosa no vale la pena. Fue un arrebato mío y no he querido disgustarte. Pero, ¿no comprendes, mujer, que Amparito es una niña y no debe enterarse de ciertas cosas? Verdad que tú eres tan niña como ella. La culpa la tiene doña Verónica.
—Sí que la tengo, lo confieso; pero, ¿qué le vamos a hacer ya?
—Si es que he estado gritando, llamándoos, un cuarto de hora seguido —añadió Travesedo—. Y como si os hubiera tragado la tierra. Ya pasa de la una y la casa por barrer. Antonia no está en casa; la comida, por supuesto, no estará dispuesta. Esto es un pandemonium. Vamos a ver, Lolita, ¿no te da vergüenza no haberte lavado ni peinado aún? Hay que verte, hija. No sé cómo le gustas a nadie.
Lolita estaba desgreñada, sucia, tripona, porque los senos, de considerable tamaño, sin el soporte del corsé, le bajaban hasta la cintura, simulando un bandullo. Vestía una bata de franela roja que parecía hecha con bayeta de fregar suelos.
—¿Tú comes hoy con nosotros, Verónica? Digo, si hay qué comer.