—No, yo me voy a casita. Ya estarán por allí todos alborotaos.
—Que no. Yo ordeno y mando que te quedes a comer con nosotros de lo que haya.
—Pues si usted lo ordena, no hay sino cerrar el pico.
—Andando al comedor. Y tú, Lolita, lávate por lo menos las manos.
Quedose Lolita a lavarse las manos y salieron juntos Travesedo y Verónica. En el pasillo dijo Travesedo:
—Y pensar que esa pobre mujer es una de las cocotas de fuste en Madrid y no falta quien le pague bien...
—No sea usté malo. Lolita es muy mona.
—Sí, monísima; se pudiera decir que perfecta, porque lo excesivamente pequeño de la boca se corrige con lo excesivamente largo de la nariz.
A poco estaban todos los huéspedes reunidos en el comedor. Verónica se sentó a la derecha de Travesedo. La voluminosa Blanca, la cocinera, servía la comida, porque Amparito no se atrevió a presentarse. Travesedo, junto con el decanato de la hospedería, disfrutaba anejamente de la presidencia en la mesa y de la facultad de dirigir y enderezar según su gusto la conversación. Casi todo se lo hablaba él. Aquel día inició el palique haciendo consideraciones acerca del atentado anarquista del día anterior y describiendo con puntuales y repulsivas circunstancias el cuadro que en compañía de Teófilo y Alberto había tenido ocasión de presenciar en la casa de socorro.
—Por lo que más quieras —rogó Teófilo—, no hables de eso.