—Claro —añadió Verónica—. Cualquiera come oyendo esas cosas.
—Por eso lo hago, precisamente —explicó Travesedo—. De este modo no echaremos de ver la escasez de vituallas, si la hay, como presumo.
—¿No has salido ayer de casa, Lolita? —investigó Alfil, bizqueando un poco a causa de la emoción.
—¿Salir yo dempué der prenóstico de las cartas? ¿Y por qué lo afeitaban, don Eduardo?
—¿A quién?
—Ar tío ese anarquista.
—No sé decírtelo.
A la hora del cocido presentose Antonia. Venía de la calle, sonriendo con gesto de cansancio. Travesedo, haciendo ostentación de sus prerrogativas fiscales, se arrancó con innumerables preguntas y advertencias, todo ello con aire reprobador y monitorio. Antonia, como obedeciendo a la necesidad de exonerarse de sus sentimientos e impresiones más que al discurso de Travesedo, comenzó a hablar:
—¡Señor, qué mundo este! ¡Pobre neñina! Me parece que va a ser muy desgraciada.
—Bien —interrumpió Travesedo—, se ve que ha pasado usted la mañana en casa de Tomelloso. Pero, mujer, ¿qué se le ha perdido a usted en aquella casa?