—Déjeme en paz el alma, roncón. ¿Podré olvidar que les he estado sirviendo diez años, y que yo estaba sirviendo en la casa cuando nació Angelinos? —se despojaba con lentitud de la mantilla, quitando los alfileres, que iba colocando entre los labios.

—Saque usted esos alfileres de la boca... —conminó Travesedo—. Me pone usted nervioso. Hay dos cosas que no puedo llevar con paciencia: que se metan en la boca alfileres, o el cuchillo para comer, como lo hace Macías, que se lo mete hasta la campanilla.

—En esto no estamos conformes —objetó el cómico—. Brochero, el célebre actor, hombre de sociedad como todos saben, y mi primer director escénico, cuando teníamos que comer en escena nos ordenaba hacerlo en esa forma, porque las gentes del buen mundo comen de esa manera.

—¡Pobre Angelinos! —repitió Antonia.

—En resumen, ¿pobre por qué?

—¿Por qué? Porque ese tal Pascualito del diaño se me figura que la quiere tanto como a mí. ¡Qué se me figura!... Basta tener ojos en la cara. Lo que va ese pillo es por el dinero. Pues el señor, la señora y la señorita, en Babia. Están locos con la tal boda.

—¿Quién es? —curioseó Lolita—. ¿Sisilia? Qué punto tan grasioso...

Retirábase Antonia; se volvió desde la puerta.

—¡Ah, se me olvidaba! El cartero me dio en la escalera esta carta para usted, don Teófilo —y alargó un sobre al poeta.

La letra era desconocida, y el sello, de Alemania. Teófilo sostenía la carta en la mano y la miraba sin resolverse a abrirla. En un instante se le agolparon en el cerebro mil absurdas presunciones e hipótesis. Palideció. Todos le miraban con curiosidad, señaladamente Verónica. Rasgó el sobre. Dentro de él venía una tarjeta postal. Lo primero que saltó ante sus ojos fue la firma: Rosina. De pálido se volvió lívido. Decía la postal: