No te pido perdón, porque sé que no merezco que me perdones. ¡Tengo tantas ganas de que nos veamos y hablemos! Quizás entonces comprenderás y me excusarás. Yo no puedo olvidar el cariño que me tenías, y me hago la ilusión de que, a pesar de todo, me lo conservas. El caso es que como he tenido tanta suerte y ya estoy hecha una ESTRELLA, el empresario del teatro del Príncipe, en Madrid, quiso contratarme. ¿Voy? Todo depende de que tú me lo ordenes. Contesta a la lista de Correos número 1.315, Berlín,

Rosina.

Teófilo, aunque colmado de estupor y desconcierto, sonrió a pesar suyo. Su estado de ánimo, que durante seis meses había sido de apacible infortunio y triste resignación, se convirtió de pronto en felicidad congojosa. Su pobre corazón volvió a representársele a la manera de los perros vagabundos, para quienes el aire está poblado de botas y garrotes incógnitos. Como en aquella sazón sonase la campanilla de la puerta, Teófilo pensó: «La bota que se materializa.» Salió a abrir la voluminosa Blanca y volvió en seguida diciendo:

—Dos caballeros que preguntan por usted, don Teófilo.

Levantose el poeta con expresión de hombre que se somete heroicamente a los designios de la adversidad y produjo el asombro de cuantos le escuchaban, exclamando:

—La bota que se materializa, señores —elevó los ojos a lo alto y murmuró—: Fiat voluntas tua.

Los dos caballeros tenían el empaque aflamencado de dos tahúres de oficio. Llevaban gruesos anillos en los dedos, fumaban excelentes cigarros habanos, vestían con sobrado aliño, eran regordetes y mostraban en el rostro la rubicundez de las digestiones prolijas.

—¿Es usted Teófilo Pajares? —preguntó uno, atusándose los bigotes, erectos e imponentes.

—Servidor de usted.

—Está usted detenido.

—¿Se puede saber por qué?