—Eso ya lo sabrá usted a su tiempo. Ahora, ¿quiere usted indicarnos cuál es su habitación?
—¿A qué santo les voy a indicar cuál es mi habitación?
—Tenemos que incautarnos de sus papeles.
—Bueno; sea lo que ustedes dispongan.
Los guió hasta su habitación. Los dos caballeros policíacos se iban guardando cuantos papeles hallaron a mano.
—¿Me consienten que me despida de mis amigos? —solicitó Teófilo.
—Las buenas formas no están reñidas con los tristes deberes de la policía —declaró uno de los caballeros, que lucía una corbata color amarillo tortilla.
—¡Alberto, Eduardo! —gritó Teófilo desde la puerta de su alcoba, y cuando los amigos acudieron añadió—: Me llevan preso.
Travesedo y Guzmán, después de oír a Teófilo y viendo con cuánta diligencia los dos policías se apoderaban de toda la obra poética en ciernes de Teófilo, no sabían si condolerse o reirse.
—¿Es que existe ya, y desde cuándo, un procedimiento criminal para perseguir los delitos literarios? —preguntó Travesedo.