—¡Delitos literarios!... Mecachis en diez con la literatura —rezongó uno de los policías, dejando de leer una balada con envío, perpetrada por Teófilo, para contemplar con suspicacia las barbas lóbregas de Travesedo y su jeta, a primera vista nada tranquilizadora—. Si al tirar bombas lo llama usted literatura, no sé qué será la realidad...
—¡Carape! —eyaculó Travesedo, iluminándosele el rostro, a pesar de la lobreguez de las barbas, con la luz del discernimiento—. A que resulta que por tu amistad con ese pobre Santonja te complican en el atentado de ayer.
—Usted lo ha dicho —aseveró el de la corbata amarillo tortilla—. En casa del anarquista se han hallado muchas citas de este señor, concebidas en términos misteriosos.
—Pero si este señor —explicó Travesedo— es incapaz de matar una mosca.
Uno de los policías, que estaba inclinado sobre el baúl de Teófilo arrojando fuera de él, en rebujos, el mísero ajuar del poeta, volviose a decir:
—Tampoco Napoleón era capaz de matar una mosca; pero mataba hombres como si fueran moscas: ocho millones mató, según las estadísticas más recientes.
Guzmán y Travesedo no podían disimular su inquietud. Preveían complicaciones graves.
Al despedirse, Teófilo dijo:
—No os disgustéis. El corazón me dice que es lo mejor que podía ocurrirme, y mi corazón nunca me engaña —y tosió lamentablemente. Luego abrazó a sus dos amigos.