Doña Juana Trallero, viuda de Pajares, o doña Juanita, como la solían llamar sus pupilos, recibió de sopetón la noticia de haber sido preso Teófilo. Servía esta señora el desayuno a un empleadillo de Hacienda, huésped flamante y madruguero por razón de sus menesteres burocráticos, el cual, a tiempo que desayunaba, tenía por costumbre ponerse momentáneamente en contacto con el universo mundo a través de los telegramas de la prensa matutinal, cuando Mondragón, que este era el nombre del huésped, exclamó:

—¡Qué burrada!

—¿Cuál es la burrada? —preguntó doña Juanita.

—Una bomba en Madrid y su hijo de usted preso.

—Usted no se ha despabilado aún, señor Mondragón. Aristótiles dijo que un buey voló, unos dicen que sí, yo digo que no. Y si usted lo ha dicho por donaire, sepa que tales donaires no son de mi gusto. Mi hijo es mi hijo y está muy alto para que nadie le toque.

—No hay donaire, doña Juanita, sino la pura verdad.

Y Mondragón leyó el telegrama. Doña Juanita no se inmutó.

—Eso es una infamia, una calumnia, una intriga —afirmó menospreciando gradualmente el alcance del suceso—, un lío tramado por los muchos envidiosos que Teófilo tiene.

Aquel mismo día doña Juanita arregló un hatillo de ropa, y dejando la casa de huéspedes bajo la tutela de una amiga de confianza, salió en tercera para Madrid muy resuelta en su arranque, decidida a presentarse, si fuera preciso, al ministro de Gracia y Justicia y llamarle imbécil, y segura de poner en libertad a Teófilo a la vuelta de contadas horas. Llegó a casa de Antonia a las ocho de la mañana. Hubo de sacudir varias veces la campanilla, porque eran los moradores gente nada diligente, si se exceptúa el teutón, el cual estaba precisamente en aquellos momentos tomando su habitual ducha mañanera en la cocina. Este germano, industrioso y sutil, como es fama que son todos ellos, había suplido a la carencia de cuarto de baño con el albañal de fregar los platos. Los compañeros le habían ofrecido el tub de que ellos se servían, pero el teutón lo había rechazado. Prefería subir sobre la cubeta del albañal y allí se encuclillaba y soltaba el chorro sobre los pingües lomos. El día que la voluminosa Blanca descubrió por ventura tan pulcra ingeniosidad y la puso en conocimiento del resto de los huéspedes estuvo a punto de decretarse en la casa una pena aflictiva de azotes para el aseado teutón. Se solucionó el conflicto con la promesa del delincuente de no reincidir. Pero lo cierto es que cuando todos dormían a pierna suelta, el teutón iba, día por día, a convertir el abañal en cuna de deleites hidráulicos. Aquel día, como la campanilla alborotase con harto estruendo, el germano, temeroso de que alguno se despertase y le sorprendiese, salió a abrir tal como estaba, y estaba como su madre lo había parido; pero un poco más talludo y formado.

Doña Juanita, al ver aquel hombrazo ante sí, en carnes vivas, se santiguó y lanzó un grito de aflicción.