—¡Joasús! —esta era una exclamación muy frecuente en labios del teutón—. Ustet se ha equivocado.

—Sí, señor; he debido de equivocarme. Usted perdone —tartamudeó doña Juanita, apartando con horror los ojos de aquella desnudez lechosa y tersa.

Oyéronse pasos. El teutón salió huído a refugiarse en su alcoba y doña Juanita quedó boquiabierta, pensando: «De cualquier cosa será capaz mi hijo si ha vivido en esta maldita casa.» Travesedo venía por el pasillo rezongando palabras malsonantes y votos carreteriles.

—¿Qué se le ocurre a usted, señora? —preguntó Travesedo, suavizándose al ver una vieja enlutada, con manto.

—¿Es esta la casa de una señora Antonia?...

—Sí, señora.

—Yo soy la madre de Teófilo.

Travesedo se deshizo en cumplimientos, hizo pasar a la anciana a un gabinetito, le pidió mil perdones por el raro recibimiento que le habían hecho —Travesedo no sabía aún el lance del teutón—, despertó a las mujeres, las acució por que preparasen cuanto antes un desayuno, y se esforzó con cuanta sutilidad supo en quitar importancia a la prisión de Teófilo, si bien él no las tenía todas consigo.

—¡Ay, qué susto me he llevado, señor...!

—Travesedo.