—Señor Travesedo. Creí que me había equivocado.

—Sí, la cosa es absurda. ¿Y cómo lo supo usted?

—¿Cómo? Viéndole.

—En algún periódico.

—En la misma puerta. Digo ahora, cuando salió a abrirme aquel hombre desnudo.

—¡Ave María Purísima! —exclamó Travesedo—. De seguro el teutón.

—Eso no sabré decirlo.

—Es un huésped de la casa. Le decimos teutón porque es alemán.

—¿Y son protestantes por aquellas tierras?

—Sí, señora.