—Entonces se explica.

—Tiene usted que dispensarle. Es un aturdido, y él no podía figurarse...

—Mire usted que se necesita rejo... En puros cueros, señor...

—Travesedo.

Doña Juanita se quedó a vivir en la casa y comenzaron los desvelos de Travesedo por hacerle grata la vida a la vieja. Lo primero que se le ocurrió fue evitar que la madre de Teófilo entrase en sospechas acerca de la condición social de Lolita. La hicieron pasar por una señorita bien acomodada y huérfana, a lo cual la prostituta se prestó de muy buen talante. Travesedo le dio prolijas instrucciones, inculcándoselas con amenazas; que no dijera terminachos feos a la mesa, que se peinase y lavase antes de comer, que al venir de madrugada lo hiciera calladamente, y que si acaso volvía cuando la señora estuviera levantada dijese que venía de misa. A todo acudió el previsor Travesedo, conminándola con la expulsión al más leve desliz.

Era doña Juanita una mujer septuagenaria (a Teófilo lo había tenido, como fruto unigénito y serondo, a los treinta y cinco años), de aventajada estatura, no menos flaca que su hijo y más aguileña que él, en extremo arrugada, los ojos vivos, el pelo entrecano, calva por detrás de las orejas. Conservábase con el vigor de la primera juventud, ágil y activa, que no podía ver a nadie trabajar sin que ella no echase una mano. Parlanchina en bastante grado, pero muy pintoresca y limpia de dicción. Abierta y nada asustadiza, el primer día que llegó, durante la comida había ganado ya el corazón de todos. Como ella presumía, lo de Teófilo se acabó con bien en pocas horas, gracias, sobre todo, a la influencia de don Sabas Sicilia. Y como el presunto anarquista había augurado cuando le llevaban preso, la breve reclusión fue lo mejor que le pudo haber sucedido. Le sirvió, señaladamente, para que su nombre rodase por los periódicos con una emoción nueva; para darle pretexto a que escribiese en la prensa un comunicado, que le salió muy hidalgo y noble de tono; para atraerse la simpatía de los radicales, por la naturaleza del delito que se le imputaba, y de los conservadores por haberse probado su inocencia, y, por último, para que la Roldán y Pérez de Toledo se apresuraran a ensayarle su drama A cielo abierto y a estrenarlo cuanto antes, aprovechando la popularidad fortuita del autor.

Así que se vio en libertad, como si la compañía de su madre le enojara o cohibiera, la indujo a que retornase a Valladolid; pero doña Juanita se negó, porque quería presenciar el estreno del drama. Trataba a su madre con despego, tras del cual, a veces, asomaba cierta hostilidad latente. La vieja hubo de condolerse con Travesedo, quien procuró consolarla como buenamente pudo.

—Señora, esas son las contras de tener un hijo que es un gran hombre. Los artistas son reconcentrados, caprichosos, incomprensibles. Parece que no se interesan por nadie; pero no hay que fiar en las apariencias. Artista y hombre de sentimientos ardientes es todo uno. Un artista tiene siempre el pudor de sus afectos. Adoran, y se morirían antes de declararlo, como no sea por medio de la obra artística.

—Sí; debe de ser eso que usted dice, pero me hace sufrir.

Travesedo tomó por su cuenta a solas a Teófilo y le dijo: