—Eres un animal de bellota. Tienes a tu madre, que es una santa, dolida y triste por el modo con que la tratas. Debía darte vergüenza. Eres un salvaje, y tu orgullo es ridículo.

Teófilo respondió adusto:

—¡Orgullo!... En ocasiones te pagas de perspicaz; pero te pasas de rosca. ¿Crees que debemos reconocimiento a nuestras madres por habernos parido? No sé tú. Lo que es yo...

—Eres un idiota. Me río yo de tus versos...

Verónica le fue muy simpática a doña Juanita desde el punto en que conocieron. Pero cuando la vieja supo que era bailarina, y muy del agrado del público, torció el morro y frunció las cejas. Quiso verle bailar una noche, y después de haberla visto, en la primera ocasión formuló así su juicio:

—Hija mía, yo digo siempre lo que pienso, con franqueza. Le he visto a usted bailar anteanoche, y, la verdad, aquellos movimientos de vientre no me parecen cosa decente. Como me inspira usted cariño, me da lástima de usted, porque adivino que acabará mal.

Verónica respondió que era el único modo decoroso que tenía de ganarse la vida.

—Si usted lo llama a eso decoroso...

En vano acudieron los presentes a defender la licitud y honestidad de las danzas de Verónica; doña Juanita se obstinaba en que todo ejercicio en el cual el vientre toma demasiada parte, y esta la más principal, no puede ser lícito ni honesto. Teófilo intervino con entonación agresiva:

—¿Y si yo le dijera a usted, madre, que en nuestras catedrales se bailaban danzas como esas y peores en la Edad Media?