—No puede ser. ¡Piñones!...

—Usted, ¿qué sabe de eso?

—Sé lo que la razón natural dizta, y en cosas de conciencia que no me vengan con Aristótiles ni los sabios de Grecia.

Doña Juanita quiso aprovechar su estancia en la corte para verlo todo. Lolita se había ofrecido para acompañarla, pero Travesedo se opuso. Esta misión se le encomendó a Amparito, que era muy aficionada a callejear. En Valladolid, doña Juanita estaba siempre reclusa en casa, encadenada por los negocios hospederiles y no salía nunca, como no fuese los domingos de matinada, a misa. No había estado nunca en un cinematógrafo. Cuando en Madrid lo vio por primera vez quedó hechizada y confusa.

—¡Ay Dios! —ante una cinta que reproducía las maniobras de un escuadrón de lanceros—. ¡Piñones! Pero, ¿cómo puede caber tanta gente en ese escenarito tan pequeñico?

Ni ella se entendía ni Amparito podía comprender lo que la vieja quería decir.

—Esto debe de ser cosa de ensalmo y brujería. No estoy muy tranquila, Amparito, y creo que se debe consultar con el confesor.

—Quite usté allá, si es muy sencillo. Como las linternas mágicas de los chicos.

—Eres muy niña e inocente y no te das cuenta de las asechanzas que el diablo tiende por dondequiera. Este Madrid es una Babilonia corrompida. ¿Adónde irás a vivir no bien te cases?

—Creo que a Cuenca.