—Me alegro. En cualquiera parte mejor que en Madrid, tortolica inocente. Porque, ¿qué hay en Madrid que valga la pena? Dirán que el aquel del señorío y de la nobleza rancia. Con nobles no te has de mezclar, y si por el señorío es, te digo, como persona vieja y experimentada, que el de los pueblos es señorío más verdadero que este de Madrid, en donde si te paras a discurrir echarás de ver que todo se va en bambolla. Si no, atiende a lo que más de cerca te toca: quiero decir, esa pobre doña Lolita. Está por la primera vez, hijica, que tropiezo con una señorita que no sabe leer. ¿Cuándo se ha visto eso en Valladolid? Y de aseo no hablemos. Habrás observado, como yo, que peca de harto desidiosa. De piedad tengo para mí que anda tal cual. Verdad que tiene en su habitación un San Antonio y otras imágenes religiosas, y que cierto día muy de mañanita venía ya de la iglesia; pero no se me ha ocultado que el último domingo no fue a misa. ¡Qué desarreglo de costumbres! Veo que te ríes de mí, picarilla. Palabras de viejo no mueven oídos demasiadamente mozos.
Antes del estreno de Teófilo, doña Juanita tuvo ocasión de presenciar otro, en el teatro Español. Alberto se procuró tres delanteras de anfiteatro para la vieja, Amparito y Verónica, la cual, merced a unas mejoras que a la sazón hacían en el teatrito en donde estaba contratada, disfrutaba de unos días de descanso. Representábase una tragedia, titulada Hermiona, escrita por don Sixto Díaz Torcaz, el viejo patriarca de la literatura castellana, más cumplido que en años, con serlo mucho, en obras, y no menos lozano de corazón que eminente en edad y virtudes. Su nombre inspiraba una veneración sin cisma; pero su genio aventajaba aún a su fama, y detrás de ella quedaba oculto, como acontece cuando se está en la raíz de una cordillera, que un oteruelo, por lo cercano, esconde, a manera de verde cancel, el enorme y meditativo consejo de los ancianos montes, de sienes canas. Hacía cosa de tres años que don Sixto, como por lo común, con acento entre religioso y familiar se le llamaba, se había adscrito a la política militante y a la causa de la República. Asegurábase antes del estreno que Hermiona, bajo su nombre musical y alado, como vestido de viento y armonía, disimulaba otra música más agria y provocativa: un chinchín de charanga callejera, a propósito para turbar el seso de la plebe y empujarla al frenesí. Dicho más claro: murmurábase que Hermiona era una insignia de motín o incitación revolucionaria antes que obra de arte. Habíanse anunciado disturbios de orden público. El teatro estaba lleno de coribantes republicanos y de policía secreta. Aunque los ánimos vibraban al rojo flamígero y los corazones llevaban puesto el gorro frigio, el aspecto del teatro era sobre manera caliginoso y funeral, como sucede en todo gran ayuntamiento de hombres solos, trajeados a la moderna, pues no se veían en las butacas otros seres femeninos que la señora de Rinconete, la de Coterilla y unas pocas más, hembras pertenecientes al demos, cuyos esposos, ciudadanos concienzudos, las habían conducido al estreno por realizar rotunda afirmación de valor cívico. Después del primer acto, aquel gran concurso de almas levantiscas y demoledoras no podían ocultar el desencanto sufrido, como si las únicas víctimas de la tragedia fuesen ellas. Habían acudido al teatro refocilándose por anticipado con la esperanza de armar una marimorena y de regalarse con la bazofia suculenta de unas cuantas peroraciones hervorosas y humeantes, por el estilo de las que se usan en los mítines populachescos. Pero la tragedia no era olla podrida, en donde cada quisque pudiera meter a su talante la cuchara de palo, sino verdadera tragedia, de gran austeridad de forma, y el fondo saturado de una pesadumbre a modo de gravitación de lo eternamente humano y doloroso, gravitación que los ciudadanos Rinconete y Coterilla calificaban entre dientes de lata.
Hubo, al terminar la representación, grandes aclamaciones, aplausos, vivas y plácemes para el viejo maestro, cuyo nombre, al fin y al cabo, estaba muy por encima del juicio circunstancial formulado con ocasión de una simple obra. Pero el público salió defraudado, rezongando compasivamente y con luctuosos enarcamientos de cejas que don Sixto perdía con la edad la batuta.
Estaban al pie de la escalera, esperando a las tres mujeres, Travesedo, Teófilo y Alberto.
—¡Buen chasco nos hemos llevado! —suspiró Travesedo, consternado—. Creí que íbamos a tener unas nuevas vísperas sicilianas, y muertes, asolamientos y fieros males, y todo se ha resuelto en una prolija tintura de opio. Porque convendrás conmigo en que el testamento de una vieja beata es poco pretexto para cuatro interminables actos.
—Tu reparo, querido Eduardo —intervino Alberto—, es semejante al de aquel alemán que, después de haber leído Otelo, no se le ocurrió otra observación sino decir: «Este Otelo es un estúpido. Vaya, que mover tanto lío por una cosa tan sencilla como es perder un pañuelo...» Tales son los despropósitos que he oído decir en los entreactos, aun a sujetos que reputo sensibles e inteligentes, que casi me aventuro a asegurar que hoy no ha habido en el teatro más de dos personas que hayan entendido la tragedia.
—¿Quién es la otra? —preguntó Travesedo, con ironía afectuosa.
—Primero, ¿quién es la una? —atajó Teófilo.
—¿Quién ha de ser, bobo? Él mismo —aseguró Travesedo—. ¿Quién es la otra, pues?
—Verónica.