En esto aparecieron en lo alto del tramo inferior de la escalera doña Juanita, Verónica y Amparito. Verónica, dirigiéndose a Alberto exclusivamente, rompió a hablar:

—Vengo como loca, chiquillo. ¿Te acuerdas de aquella tarde que me leíste un drama que estaba escrito en franchute o en latín? Pues lo mismito he sentido hoy. Nada, que había momentos en que creí volverme loca, porque es aquello que si te pones en su caso, cada uno de los personajes tiene razón que le sale por la punta de la coronilla. Y que una no pueda arreglarlo a gusto de todos... Por supuesto, que una cosa es que todos tengan razón en su fuero interno, y otra cosa que siendo como es, porque no puede ser de otra manera, resulta que la doña Paca hace mucho mal a los otros, y por esto me alegro que Hermiona, con muchísimos... piñones, como dice doña Juanita, le haya dado la puntilla a la maldita vieja.

Salieron todos a la calle. Verónica continuó hablando.

—¡He pensado tantas veces en aquel drama!... Se me ha ocurrido que si Yago (para que veas si se me quedó dentro hasta los nombres), asistiera por casualidad un día al teatro y viera representar el drama, y desde fuera se viese a sí mismo, no volvía a hacer lo que hizo, ¿qué te parece? Bueno, ¿canso? Pues, quédense ustedes con Dios.

Caminaban delante las tres mujeres, detrás los tres hombres. Hicieron rumbo a una chocolatería.

—Ya nos ha dado doña Verónica una lección de estética —murmuró Teófilo, con sarcasmo.

—Me parece que sí, Teófilo —replicó Guzmán—. Aquella catarsis o purificación y limpieza de toda superfluidad espiritual que el espectador de una tragedia sufre, según Aristóteles...

—Que no te oiga mi madre, porque ella tiene el monopolio de Aristótiles.

—Digo que aquella catarsis no es más, si bien se mira, que acto preparatorio del corazón para recibir dignamente el advenimiento de dos grandes virtudes, de las dos más grandes virtudes, y estoy por decir que las únicas.

—Son a saber.