—La tolerancia y la justicia.

—Veamos cómo.

—Estas dos virtudes no se sienten, por lo tanto, no se transmiten, a no ser que el creador de la obra artística posea de consuno espíritu lírico y espíritu dramático, los cuales, fundidos, forman el espíritu trágico. El espíritu lírico equivale a la capacidad de subjetivación; esto es, a vivir por cuenta propia y por entero, con ciego abandono de uno mismo y dadivosa plenitud, todas y cada una de las vidas ajenas. En la mayor o menor medida que se posea este don se es más o menos tolerante. La suma posesión sería la suma tolerancia. Dios solamente lo posee en tal grado que en él viven todas las criaturas. El espíritu dramático, por el contrario, es la capacidad de impersonalidad, o sea la mutilación de toda inclinación, simpatía o preferencia por un ser o una idea enfrente de otros, sino que se les ha de dejar uncidos a la propia ley de su desarrollo, que ellos, con fuerte independencia, choquen, luchen, conflagren, de manera que no bien se ha solucionado el conflicto se vea por modo patente cuáles eran los seres e ideas útiles para los más y cuáles los nocivos. El campo de acción del espíritu lírico es el hombre; el del espíritu dramático es la humanidad. Y de la resolución de estos dos espíritus, que parecen antitéticos, surge la tragedia. Cuando el autor dramático inventa personajes amables y personajes odiosos, y conforme a este artificio inicial urde una acción, el resultado es un melodrama. Por supuesto, el melodrama existe también en la novela, en la filosofía, en la política, hasta en la pintura y en la música, en todo lo que sea vida arbitrariamente simulada por el hombre, pero nunca en la vida real. En España somos absolutistas; la palabra tolerancia es un vocablo huero y apenas si muy recientemente ha comenzado a florecer el espíritu lírico.

—Eres el más terrible tejedor de sofismas. No conozco nadie que te aventaje, como no sea don Sabas —declaró Teófilo, cuyo drama estaba construido a base de personajes simpáticos y personajes antipáticos, porque se le figuraba, y no sin razón, que este era el único camino del éxito económico y literario.

—No compares.

—Pero a mí no me gusta discutir empleando voces y conceptos de humo —añadió Teófilo, sacando las manos de los bolsillos del pantalón y accionando con vehemencia—. Yo pongo siempre el caso concreto, el ejemplo palpitante, de carne y sangre, de dolor y de lágrimas. Helo aquí. Un poeta se enamora con todas sus potencias y sentidos de una mujer que finge corresponderle con no menos ardor. Toda la vida pasada, presente y futura de este hombre se reasume y encarna en aquella mujer. Pues, de la noche a la mañana, la mujer le abandona. El poeta, como se supone, no es un hombre recio, forzudo, musculoso, brutal, pues sería absurdo concebir que una persona dotada de extrema sensibilidad y a quien la más leve palpitación del mundo externo conturba, exalta o deprime, sea un bravo y perfecto ejemplar de la raza humana en lo que se refiere a la parte material. No, todo lo contrario; yo doy por sentado, para los efectos de mi tesis, que este hombre es todo espíritu, nada más que espíritu. Y la mujer, inopinadamente, huye de él en compañía de un titiritero, de un hombre todo materia, torpeza e instinto. Este es un drama, si hay dramas en el mundo. Ahora bien; este poeta, no por vanagloria o amor al arte, porque después de haber visto arruinada su vida se le da un comino por la vanagloria y por el arte, sino por necesidad desbordante del alma, porque el arte viene a ser una liberación, se pone a escribir su drama. Según tú ha de presentar los tipos de la mujer pérfida y del titiritero brutal de tal suerte que todas las mujeres y todos los hombres piensen: «Yo hubiera hecho lo mismo en el caso de ellos.»

—Exactamente.

—Y al poeta, al que debía simbolizar lo más noble y elevado en la vida, que lo parta un rayo. ¡Estaría bueno!... —exclamó Teófilo sonriendo acedamente—. Pues yo creo, por el contrario, que el arte es caracterización, síntesis, y que los buenos, a través de la obra de arte, aparecen mejores, y los malos aparecen peores.

—Supón por un momento que esa mujer pérfida tiene tanto talento literario como el poeta y que se le ocurre escribir el mismo drama. Sería un drama diferente, ¿verdad?

—Claro está.