—¡Qué Dios! Dos machacantes son dos machacantes. Donde no hay opulencia no hay meneo.
Allí mismo y con presteza quedó desnuda. Iba desprendiéndose de sus fementidas prendas indumentarias, que caían a tierra, formando un cerco alrededor de sus pies; la falda, la enagua de tela escocesa, y otras vestiduras más interiores, de un blanco arqueológico, con reliquias de la historia sexual de Opulencia. Al propio tiempo, la atmósfera íntima de aquel desdichado cuerpo se expandía en el aire a manera de husmillo bascoso difícil de soportar con entereza. Cuando se quedó desnuda, sin otros atavíos que unas medias color lagarto, sujetas con bramantes a guisa de ligas, y unas botas destaconadas, Opulencia saltó por encima del cerco que las ropas ponían a sus pies y se mostró, con inconsciente impudicicia, a la admiración de los circunstantes. Veíasele el esqueleto, malamente tapado por la parda pelleja, pegada al hueso. Sus senos eran flácidos por modo increíble, cónicos y negruzcos, como coladores de café. De la coyuntura de los muslos le brotaba una madeja capilar, abundosa y salediza, como el extremo de un rabo de buey. Parecía la creación macabra de uno de aquellos pintores medioevales, atosigado por el terror de la muerte y del diablo. Angelón, Grajal y Artaza le prodigaron requiebros sarcásticos que Opulencia admitía con estulta complacencia, y le indujeron a hacer actitudes escultóricas, a lo cual ella se prestó dócilmente. Grajal cogió un enorme gato capón que por allí andaba y se lo dio a Opulencia, diciendo:
—Así; te lo pones así. Esta pierna más hacia atrás. Los ojos elevados al cielo. De órdago. Ahora eres Diana cazadora.
—¡Basta! —suplicó Travesedo.
—¡Basta, basta, por Dios! —añadió Verónica, con lágrimas en los ojos.
—Como ustedes quieran. Puedes vestirte, Opulencia —habló Grajal.
A medida que Opulencia se vestía iban surgiendo nuevas mujeres: la Coral, picada de viruelas y los ojos encenagados en el pus de una oftalmía purulenta; la Leopolda, segoviana, según dijo, joven y bonita; la Araceli, coja y con cara de foca; la Aragonesa, de pecho prominente, expresión abatida y la piel revestida de dura costra rojiza, como un dermatoesqueleto. Todas ellas ostentaban dolorosa estolidez, y apenas si se les descubría atisbos de racionalidad. Preguntaron a los hombres en qué cine o café cantaban, dando por sentado que eran cantadores o ventrílocuos, y a las mujeres en qué casa de trato estaban de pupilas.
Oyose llorar a un niño: sus lamentos eran desesperados, lacerantes. La Aragonesa salió y volvió a poco, dando el biberón a una criatura de pocos meses, toda llagada, ciega. El niño resistíase a tomar el biberón y lloraba exasperadamente.
—¿Es su hijo? —preguntó Verónica.
—Sí. Tómalo, condenao, que ahora iremos a la botica —rezongó la madre, introduciendo a la fuerza el pezón de goma en la boca del niño.