—¿Qué tiene? —preguntó Rosina.
—Sífilis —respondió la madre.
—Entonces usted... —insinuó Verónica.
—Yo no. ¿Qué t’has creído? La cogió la criatura, cuando yo estaba embarazada, de un cochino sifilítico que se ocupó conmigo. Pero yo estoy tan sana como tú. Oye, ninchi —añadió, volviéndose hacia Artaza—, dame dos pelas pa la medecina.
Artaza se las dio.
En aquel abyecto concurso de mujeres perdidas sin remisión destacaban con triste contraste el encanto esquivo de Márgara, el brío latente de Verónica y la bella serenidad de Rosina.
Los visitantes salieron a la calle, después de haber dejado algún donativo metálico, y caminaron en silencio largo rato. Angelón fue el primero en decir:
—Così va il mondo.
—Y nosotros no lo hemos de arreglar, de modo que vamos a concluir la noche en la Bombilla —propuso Artaza.
Teófilo tenía el alma arrebatada y el cerebro como dormido. Toda la pasión que sentía por Rosina se señoreaba de él más tiránicamente que nunca. Afectaba desdeñosa frialdad y perfecta indiferencia; pero el corazón se le quebraba por momentos y perdía el dominio de sí mismo. Pensó marcharse, pero le faltó la fuerza de voluntad.