Rosina, de su parte, daba por seguro que la frialdad y desdén de Teófilo eran reales y no contrahechos. Esta convicción, fundiéndose con las sensaciones depresivas experimentadas durante la noche, le desolaba el pecho, provocándole deseos de llorar, que acallaba con una alegría sobrepuesta, ficticia y extremosa. Como quiera que Artaza gustaba no poco de Rosina y venía persiguiéndola desde hacía algún tiempo, ella determinó simular que le correspondía con creces y dar a entender a Teófilo que si él no se cuidaba de ella, ella se cuidaba menos de él. Y así acogió con muestras de exagerado contento la proposición de Artaza, y habló, colgándosele con zalamería del brazo:

—Eres un hombre, Felipín. A la Bombilla, y bailaremos tú y yo, muy ceñiditos, una polquita de organillo.

En el resto de la pandilla se disimulaban otros antagonismos que amenazaban estallar por la virtud expansiva del vino. Eran estos entre Angelón y Travesedo, cortejadores de Verónica, y entre Grajal y Guzmán, encendidos en deseos por Márgara.

Fueron todos en dos coches a la Bombilla y se apearon en casa de Juan. Era tarde, y coyuntura muy sazonada para cenar. Pidieron la cena en un gabinete reservado del entresuelo, que daba al patio. La comida fue copiosa y suculenta, caudalosamente irrigada por diferentes clases de vinos. Entre plato y plato salían a veces, por parejas, a bailar al son del organillo. Los antagonismos ocultos se exacerbaban con movimiento progresivamente acelerado. El primero que conflagró fue el de Angelón y Travesedo, que se vinieron a las manos con iracundo denuedo. Costó Dios y ayuda destrabarlos. Al final de la lucha, Travesedo había perdido el sentido de la vista, con la destrucción de sus lentes, y sangraba por las narices; Angelón tenía un ojo medio pocho y sangraba por una oreja. Entre Grajal, Artaza, Guzmán y Verónica consiguieron apaciguarlos y hasta que se dieran las manos, echando pelillos a la mar. Luego, los dos combatientes, seguidos, por si acaso, de Artaza, Guzmán y Verónica, subieron a una habitación a mitigar las lesiones, lavarse y componer los desperfectos del traje. Se fueron tranquilizando, y gracias a los buenos oficios de Verónica depusieron su ofuscación y solicitaron dispensa por el escándalo y susto que habían ocasionado. Pasaba el tiempo y Guzmán, que no las tenía todas consigo a causa de la pertinaz ausencia de Márgara y Grajal, salió de la estancia y descendió al gabinete del piso bajo. El gabinete estaba vacío. Guzmán salió y curioseó en otros gabinetes vecinos. En uno de ellos encontró a Grajal y Márgara sobre una chaise longue, luchando jadeantes a brazo partido. Por el desorden de las ropas y otros indicios, Guzmán vino a entender que algún hecho grave se había consumado. Grajal se puso en pie, así que vio aparecer a Guzmán, arregló y colocó en su punto algunas partes de su vestido, se alisó los cabellos con las manos, y salió del aposento sonriendo y haciendo guiños a Guzmán. Este cerró la puerta por dentro y fue a sentarse al lado de Márgara, la cual se dejó caer sobre él, llorando. Guzmán la estrechó entre sus brazos, le besó la frente, los ojos, la boca, dura y fresca.

Cuando salieron del gabinete era de día. Al cobijo de una glorieta de amortiguado verde polvoroso estaban Artaza, Grajal, Angelón, Travesedo y Verónica, tomando sopas de ajo con huevos. Recibieron a Guzmán y Márgara con chanzas picantes.

—¿Y Rosina y Teófilo? —preguntó Guzmán, sin darse por enterado de las malicias.

—Nos la han dado con queso —respondió Angelón.

—Es la zorra más zorra que ha parido madre —decretó Artaza—. Toda la noche dándome coba y al menor descuido, pum, se las guilla con el poeta lilial.

—Pero, ¿cuándo ha sido?

—¿Cuándo? Cuando estábamos arriba acabildando a estos gaznápiros, que tienen la culpa de todo. Se les va el vino en seguida a la bola —habló Artaza, con enojada mueca—. Vosotros, al fin, no habéis perdido la noche. Tomad sopas de ajo, o, como dice el poeta lilial en su drama, tomar sopas de ajo. Recoime con los poetas, que ni hablar saben. Vamos hijos, meteos por las sopas de ajo, que no hay nada como eso después de una juerga.