A las siete de la mañana terminaba aquella refección matutinal. Grajal, Artaza, Angelón, Travesedo y Verónica volvieron juntos en un coche a Madrid.
En quedándose a solas, Guzmán preguntó a Márgara:
—¿Qué quieres hacer? ¿Te quieres quedar en Madrid o volver a tu pueblo?
—A mi pueblo en seguida— respondió Márgara.
—En seguida. Dentro de poco sale un tren. Vamos andando, que la estación está cerca.
Salieron a la carretera y comenzaron a andar hacia la estación del Norte. Oíase el agrio bramido de cornetas marciales y el tecleteo de algún miserable piano de manubrio. El sol, a rebalgas sobre los altos de la Moncloa, ponía un puyazo de lumbre cruel en los enjutos lomos de la urbe madrileña, de cuyo flanco se vertía como un hilo de sangre pobre y corrupta el río Manzanares. Un tren silbó. En el andén de la estación estaban sor Cruz y sor Sacramento.
—Esas monjitas son amigas mías. ¿Quieres hacer el viaje con ellas? —dijo Alberto.
—¿Adónde? —inquirió Márgara, con ojos ariscos.
—Ellas van a Pilares.
—Bueno.