—Psss...
—¿Puede usted prestarme algún libro que él haya escrito?
—No vale la pena. Es todo falso y afectado.
Continuaron en silencio. Teófilo, después de aquellos momentos espontáneos que había vivido según bajaba las escaleras del brazo con Rosina, después del tropiezo con Monte-Valdés había vuelto a perder el equilibrio interior, como si le hubieran revuelto el espíritu y las entrañas. Irritábase, y luego desalentábase creyéndose víctima de un extraño fatalismo, el cual le espiaba de continuo y, en viéndole ligero de corazón y a punto de ser feliz, le ponía por delante un lazo en que se enredase, dando de narices en tierra. Teófilo lo expresaba así dentro de su pensamiento: «Es ya mucho moler, que en cuanto me entrego al entusiasmo ocurre algo ridículo para darme en la cresta.» Era la voz de esa conciencia inferior en donde se reflejan los fallos de la justicia mecánica del mundo; la conciencia de los jactanciosos y de los pedantes.
Rosina, engolosinada con el exordio lírico de Teófilo, hacía los imposibles por que hablase, y todo era en vano. A las observaciones que la mujer le ofrecía contestaba él con réplicas cortadas, y siempre en un sentido pueril de contradicción.
Iban paseando por la avenida del Botánico, rostro al Museo del Prado.
—Parece que está usted de mal humor hoy, Pajares. Yo le había rogado que me acompañase al Museo porque soy una ignorante y usted sería para mí el mejor guía. Pero si le molesta, como parece, y no tiene ganas de hablar, yo renuncio al capricho, aunque lo siento mucho, porque la pintura me gusta tanto...
—Sí, sí, lo creo. Arte de mujeres. Arte materialista, sensual, burdo, inferior...
—Sin embargo, creo que alguna vez me ha dicho usted...
—¿Qué? ¿Lo contrario? —Teófilo eyaculó una risita antinatural—. Es posible. No le pida usted a una mariposa que vuele en línea recta. En línea recta vuelan los escarabajos peloteros —y acabando de sentar la sentencia, pensó: «Apuesto a que he dicho una sandez... y una grosería.» Con lo cual su irritación y desasosiego subió de punto.