Rosina se encontraba como se había encontrado en otras ocasiones, que habiéndole caído una mancha en un vestido sin estrenar, la mancha parecía haber herido la retina y adondequiera que volvía los ojos la mancha flotaba en el aire, oscureciendo la realidad. Ahora todas las cosas las veía feas; el cielo, los árboles, particularmente los mendigos y los campesinos manchegos que pasaban a la vera de sus mulas en reata. La poseía ese pesimismo placentero, a flor de piel, de las personas ociosas, el cual constituye una buena preparación espiritual para el esteticismo.

Entraron en el Museo.

—¿Qué es lo que vamos a ver primeramente? —consultó Rosina.

—Pues, primeramente, Velázquez, que es el pintor más pintor; es decir, el que veía la materia más material —respondió Teófilo con intención agresiva.

No sentía la pintura, achaque antiguo en los poetas de su tierra, pero hablaba y discutía a menudo de ella. En lo íntimo no estimaba el arte pictórico sino como arte ancilario, siervo del arte retórico, y aun más por bajo, como pretexto para abrillantar la prosa o el verso con ciertas alusiones, ora al rojo ticianesco, ora a las diafanidades de Patinir, cuándo a la doncellez de los primitivos, cuándo a la perversidad de las marquesitas de Watteau; no de otra suerte que el petimetre, por ejemplo, opina que la cabeza humana ha sido creada como los boliches de una percha, para colocar sobre ella un sombrero de copa.

Pasaron de largo por la rotonda de entrada, y enfilaron el pasillo central, hasta la sala de Velázquez, en la cual penetraron. Antes que nada fueron a la saleta de las Meninas.

A Rosina lo primero que hubo de sorprenderle en el cuadro fue la acabada simulación de ambiente, y cómo los seres, a pesar de yacer aplastados en un lienzo, se presentaban aparentemente sólidos, sumergidos en un caudal de aire, y con distancias entre sí que a ojo pudieran calcularse con ligero error.

—¡Qué cosa!... —murmuró Rosina, y se acercó al cuadro—. Nadie diría que este caballete esté pintado. Si es de bulto... —y se volvió hacia Teófilo, que sonreía con afectado desdén—. Pero, ¿de veras no lo encuentra usted maravilloso? Verá usted qué tontería se me ha ocurrido... No se ría usted de mí. ¿No ha visto usted nunca los peces detrás de los vidrios en los acuariums?

—Naturalmente que sí —cortó rudamente Teófilo, que, en efecto, no los había visto nunca, lo cual, en rigor, no era bochornoso.

—En casa tengo una pecera con un pez. Bueno; pues ¿no se ha fijado usted en que cuando el pez está junto al vidrio se le ve de su tamaño; pero se aparta nada más que una cuarta y se le ve muy a lo lejos, muy a lo lejos? Y, sin embargo, se ve y se conoce que anda muy cerquita. Lo mismo ocurre con las guindas en aguardiente. Y ahora viene la tontería. Al ver este cuadro me acordé de cuando yo ponía guindas en aguardiente. Nada, que parece que hay un vidrio por delante, y detrás está todo lleno de espíritu de vino, y las personas están flotando en él y conservadas para siempre. Mire usted este hombrín, vestido de negro, allá, muy allá, en el fondo, y, sin embargo, se ve y se comprende que está a diez pasos.