—Sí, sí; algo hay de eso...

—Claro que no pretendo que le haga a usted esa impresión. Son tonterías mías. Usted es un artista.

Rosina permaneció largo tiempo en un leve éxtasis sensual, contemplando la pintura. Teófilo salió a sentarse en el diván de la sala redonda. Anonadábale la esperanza y creía tener en lugar de corazón un montoncito de cenizas, y una burbuja de aire turbio en lugar de sesos. Rodaba los ojos en torno, demandando a las pinturas de don Diego Velázquez una emoción o una idea; mas su espíritu permanecía árido. «¿Por qué son estos cuadros mejores que otros cuadros; en qué aventajaban a un cromo?», se preguntaba y se retorcía las nudosas, viscosas manos. Llegose Rosina a él y se sentó a su lado. Cerró los ojos, y estúvose unos minutos en silencio. Al abrirlos, exclamó con voz brumosa:

—¡Oh, Pajares! Si me parece que no existimos... Si las cosas parecen una ilusión, como en aquel cuadro... —ruborizose como observase que Teófilo la miraba severamente, y añadió—: Qué bobada; como no estoy acostumbrada a madrugar, eso debe de ser. Estos otros cuadros son preciosos también —levantábase a mirarlos de cerca, cuándo uno, cuándo otro, y tornaba a sentarse junto a Teófilo—. Es curioso. ¿No le ha llamado a usted la atención que este pintor hace casi siempre los ojos con las niñas muy grandes, muy abiertas? Como los míos. Son de color castaño, como la castaña de Indias, me los tengo bien estudiados; pero a veces la niña los cubre todos y entonces son negros. Ahora deben de ser negros, porque estoy algo nerviosa. Míremelos usted.

Inclinose Teófilo a examinarlos y declaró, con inflexiones líricas:

—Negros, negros..., abismáticos.

—¡Bah... esa es una palabra! —corrigió Rosina, que poseía un claro buen sentido.

—Sí, una palabra hueca. Tiene usted razón —asintió Teófilo en uno de aquellos estados suyos de renunciamiento. Y pensó: «¿Qué soy todo yo, sino un amasijo de palabras huecas?» Su rostro se inclinaba en aquel instante en actitud de serena amargura. Como volviera al acaso sus ojos hacia Rosina, descubrió que la muchacha le miraba con simpatía, quizás con amor. Teófilo, sin poder reprimirse, le estrechó la mano y se aventuró a interrogar—: ¿En qué pensaba usted?

—No pensaba en nada, lo que se dice pensar claramente; pero andaba así como buscando no sé qué parecido entre usted y los cuadros de Velázquez. No con un cuadro solo, o con tal o cual cara, sino una cosa de aire... Qué se yo. No me lo puedo explicar.

Visitaron después diferentes salas, y ya cerca de la una salieron a la calle.