Rosina estaba tan colmada de sensaciones que las palabras fluían sin tasa de sus labios:
—¡Qué día! ¡Qué hermoso día! ¿Verdad, Pajares? Este cielo de Madrid... Dicen que es profundo y alto, y no sé cuántas cosas más. Es mucho mejor que eso; es aquella cosa mate y tierna como la carnecita de mi Rosa Fernanda, si la carne fuera azul; pero a mí me da la misma impresión. Eso es; aquella cosa mate de aquel cuadro que vimos, ¿de quién era? De Goya, ¿no? Pues mire usted aquel pobre, aquella capa de color chocolate, aquellos ojos... Si es el..., ¿cómo se llamaba?, el Esopo, justo, el Esopo. Pues ¿esos carreteros? ¿No es todo hermoso?
La fluencia de Rosina anegaba a Teófilo, llenándole los vacíos pómulos con una sonrisa densa, bondadosa y feliz.
—Sí, Rosa, todo es hermoso. A mí se me figura que lo veo por primera vez.
Rosina tomó el brazo de Teófilo.
—Usted lo ha dicho, con cuatro palabras, lo que yo sentía y no era capaz de expresar. Parece que se ve por primera vez, como si lo hubiera acabado de hacer Dios y no pudiera ser de otra manera que como es.
Detuviéronse junto a una de las fuentes del Paseo del Botánico. Al pie de ella, unos obreros municipales habían levantado una hoguera con ramazón seca y hojarasca. Agua y fuego cantaban a su modo.
—¡Qué hermosa es el agua! ¡Qué hermoso es el fuego! —suspiró Rosina.
Y Teófilo, a quien agua y fuego sugerían emociones e ideas, añadió:
—Las dos cosas más hermosas de la tierra. Dos cosas que no se pueden pintar.