—Sí, las dos cosas más hermosas quizás.
—Como no sea la mujer, que tiene algo de agua y algo de fuego.
Rosina, instintivamente, se ceñía al flanco de su amigo.
En la puerta de casa, Teófilo quiso despedirse.
—¿Cómo? —atajó Rosina—, hoy almuerza usted conmigo.
Al subir las escaleras Teófilo se arrepintió de haber aceptado el convite, porque temía hacer erróneo uso del cuchillo y desmerecer a los ojos de Rosina.
VII
El don de la palabra ha sido otorgado al hombre por que pueda ocultar lo que piensa.
Padre Malagrida.
Rosina había dispuesto que comiesen a solas Teófilo y ella. El marinero ciego y Rosa Fernanda comían en otra habitación.