El comedor tenía dos balconcitos que daban a un espacioso patio. Los balcones estaban abiertos y corridas las cortinas de muselina, tan livianas que el aire y el sol las pasaba de claro, pero bastante densas para guardar de ojeadas fisgonas el recinto.
Conchita sirvió el almuerzo, y no era raro que se mezclase a la conversación, solicitada siempre por Rosina o Teófilo. Uno y otro hablaban con exceso e incoherencia; una afable sonrisa social, sin expresión, superpuesta al rostro, como personas que más que por decir lo que quieren luchan por no decir lo que piensan. Daban escape al exceso de energía nerviosa por la válvula de los labios; pero el espíritu permanecía ausente de la palabra, vagaba agitadamente en un angosto ámbito de pensamientos, como el viajero que aguarda en los andenes la llegada de misterioso tren. Los dos pensaban: «no es tiempo aún». Por eso requerían a Conchita de continuo a que les distrajera con una de sus graciosas y prolijas parrafadas. Pero Conchita, por desgracia y raro caso, no estaba aquel día en modo elocuente.
En terminando de almorzar, Rosina envió de paseo a su hija, en compañía de la criada vieja. Quería desembarazarse de gente. Tenía un criado para sacar a la calle al ciego; pero comía y dormía fuera de la casa y no se presentaba sino a las horas de servicio.
Rosina condujo a Teófilo a una salita de confianza, en donde ella acostumbraba vestirse, leer, ensayar canto y coser algunas veces. Estaba amueblada heterogéneamente, como habitación en donde cada mueble obedece a una necesidad. Había un piano vertical, un perchero con cortinas que bajaban hasta casi rozar el suelo, un tocador, fotografías empalidecidas por los años, y los sillones eran cómodos y de una suave y muelle adaptabilidad, obra del uso. Sobre el piano, una pecera con un pez color azafrán.
A poco de haber llegado Teófilo y Rosina, y cuando no habían abierto aún la boca, entró el ciego, el cual sabía andar a tientas por toda la casa. Eran sus facciones redondas y muy curtidas; el rostro, afeitado, y por debajo de la quijada un rollo de barbas, a la marinera, blanquinosas. Los ojos azules, portentosamente serenos y como si no estuvieran privados de visión. Las espaldas, rotundas; largos los brazos y las manos chatas; corvas las piernas. Toda la traza del hombre que ha vivido adscrito muchos años al remo. Fumaba un cigarro habano, con la sortija puesta, y lo asía con dos dedos, muy cerca de la lumbre.
—Rosina, ponme una silla.
Rosina le guió hasta una butaca. Luego, por señas, instó a Teófilo a que diese la mano al ciego.
—¿Usté ye el poeta, verdá?
—¿Quién se atreverá a decir que es un poeta? Y menos, el poeta. ¡Oh!
Habló Teófilo tanto con el movimiento de las facciones como con las palabras, sin darse cuenta de que estaba frente a un ciego.