—No, porque precisamente en el mes de octubre se casa Amparito, la hija de Antonia. Aún no está señalado el día. Yo soy uno de los testigos. Antonia no me perdonaría que faltase.

—Pues hijo, te portas como hay Dios —dijo Verónica, desabridamente—. Tú vas a lo tuyo y a los demás que nos parta un rayo. Has concluido tu librito, pues, agur, y ahí queda eso. Eso es una cesta que pesa varios quintales. De órdago, hijo, para llevarla yo sola.

—Ven a Madrid conmigo.

—Estoy por marcharme también.

—Eso será si te dejo yo. Pues no faltaba más —habló Rosina—. Seremos muy formalitos y no te molestaremos lo más mínimo, ¿eh, Teófilo? Y tú —dirigiéndose a Alberto—, sinvergonzón, no sabes lo que te pierdes, porque ahora saldremos todas las tardes en lancha a pescar panchos, y en cuanto entren las mareas vivas nos vamos a dar cada atracón de percebes...

—¡Quédate! —rogó Teófilo con gran amargura en la voz.

—No me es posible.

Al día siguiente, en el momento de despedirse, Teófilo dijo confidencialmente a Alberto:

—Mientras has estado aquí apenas si me daba cuenta de tu compañía. Ahora que te vas, tengo no sé qué tristes presentimientos. Miedo, sí, miedo.

—¿De qué o a qué?