—No lo sé yo mismo.
IV
Amparito se casó en la primera decena de octubre. La boda fue en la parroquia de San Martín. Día solemne en la casa de huéspedes, aun cuando el hecho de ser invitados solo Travesedo y Guzmán originó no poca contrariedad a los preteridos. En honor al acto, a las ocho de la mañana, hora en que la novia abandonó la casa materna, todos los huéspedes estaban en pie. Por unanimidad se decretó que Amparito estaba preciosa. Lolita, llorando como una Magdalena, aunque no de arrepentimiento, precipitose a abrazar y besar a Amparito, despertando con su tumultuosa cordialidad la indignación moral de Travesedo y la ira indumentaria de Antonia, que veía chafarse entre los brazos de la cortesana los albos arreos nupciales y las cándidas flores de azahar.
Luisito Zugasti, que así se llamaba el novio de Amparito, ofreció a los asistentes a su boda un almuerzo en el Ideal Room. Aparte de Travesedo, Guzmán y el cura que había sacramentado el desposorio, el resto de los invitados eran ingenieros de minas, como Zugasti, compañeros de promoción en la escuela: todos ellos hombres curtidos por la vida activa al aire libre, modestos en el vestir, sobrios en el comer, alegres con alguna rudeza, afables con toda simplicidad, y, aunque ya maduros y entrecanos, el sentido que de la vida tenían era muchachil, llano y placentero. Prolongose la sobremesa largo tiempo, y desde el restorán fueron todos a despedir a los recién casados.
Volvieron de la estación solos y a pie Travesedo y Guzmán.
—Son felices; serán felices —exclamó Travesedo, aludiendo al flamante matrimonio.
—Son felices; serán felices —hizo eco Guzmán.
—He aquí el único ideal en la vida: casarse; tener muchos hijos, educarlos bien; vivir tan apartado del mundo como se pueda; no hacer mal a nadie y morir respetado por todos los conocidos. ¡Hermosa tarde! La vida es bella, la vida es buena. Tiene razón Leibniz, vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Y los dos amigos se lanzaron en líricas disquisiciones acerca de la bondad y la belleza de la vida.
En llegando a casa, salióles a abrir la ventruda Blanca.