—Don Alberto, ahí en su cuarto hay un judío que ha venido preguntando por usted hace dos horas.
—¿Un judío?
—O un protestante. Él no habla palabra de cristiano y ni Dios le entiende lo que dice.
Alberto entró en su cuarto, en donde estaba aguardándole el corresponsal de un diario alemán, Herr Heinemann, con el cual, así como con su amante, Guzmán sostenía relaciones amistosas desde hacía unos meses.
Heinemann revelaba gran agitación.
—Tengo que hablarle de asuntos muy importantes. No se ofenda usted si le digo que los españoles que conozco me parecen poco personas y no me merecen ninguna confianza. Usted es el único con quien me atrevo a consultar lo que me ocurre —dijo en francés.
«El sablazo se cierne sobre mi sesera», pensó Guzmán. Dijo en voz alta:
—Muchas gracias. Siéntese, y si en algo puedo servirle.
—En algo... ¡En todo! ¡Sálveme usted!
Entonces Heinemann refirió que su amante estaba encinta de cuatro meses; que tanto él como ella habían resuelto provocar el aborto, y que no conociendo en Madrid a nadie en cuya discreción pudiera fiar, acudía a Guzmán para que este le indicase algún médico o comadrona que se prestase a ello.