—¿Y cómo quiere usted que yo sepa nada de eso? —murmuró Guzmán.
—Puede usted informarse. Desde luego, ya suponía yo que no iba a estar usted enterado; pero a usted le es más fácil enterarse. Es necesario. Nora dice que de lo contrario se suicida.
—¿Sabe Nora que la operación es peligrosa y puede costarle la vida?
—Lo sabe. Estamos decididos.
—Dispénseme si me atrevo a hacerle alguna consideración de índole moral.
—Lo que usted quiera.
—Pudiera ser excusable que Nora arriesgase su vida voluntariamente. Pero aquí no se trata de eso, sino de destruir otra vida. En suma...
—¿De un crimen, quiere usted decir?
—No quiero decir un crimen, pero sí algo semejante.
—Yo, por el contrario, creo realizar un nobilísimo acto moral. Si a usted, antes de nacer, le hubieran dado a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido? —Heinemann ponía y quitaba el monóculo a cada dos palabras, con obstinación de monomaníaco. Sus ojos eran grises y taciturnos; su rostro, en absoluto huérfano de expresión. Guzmán callaba. Prosiguió Heinemann—: ¿Qué hubiera elegido usted? La vida es mala, la vida es fea, la vida es dolorosa. La vida es una contradicción radical que nunca se resuelve. Vivir es sufrir. Engendrar a un ser es condenarlo a la muerte y, lo que es peor, al sufrimiento.