Oscurecía. Los dos hombres estaban en un ángulo sombrío del aposento. Heinemann se exaltaba, desarrollando una vasta teoría pesimista acerca de la vida. Guzmán le interrumpió.
—Todo eso que usted dice es materia opinable; pero el caso concreto es que yo no conozco a ningún médico o comadrona...
—¡Sálveme usted! —suplicó Heinemann, tomando entre las suyas entrambas manos de Guzmán.
—¿Qué puedo hacer yo? Además, no logro entender por qué les alarma tanto a ustedes tener un hijo.
—Si usted se enterase de ciertos antecedentes e interioridades que no puedo revelar, lo entendería, aparte de las razones de principio, convicción de conciencia, de que ya he hablado. ¡Sálveme! Usted tiene amigos; entre ellos es seguro que alguno sabrá lo que necesitamos saber.
En esto Guzmán recordó haberle oído contar a Travesedo la historia de los abortos de la Íñigo, con la relación circunstanciada de las personas que habían intervenido y ayudado en ellos. Acercose a la puerta y gritó:
—¡Eduardo!...
Llegó Travesedo. Guzmán lo presentó a Heinemann, y a seguida le repitió lo que Heinemann pretendía.
—Pero eso es un crimen —comentó Travesedo, sin poder contenerse.
—Si antes de nacer —replicó secamente el alemán— le hubieran dado a usted a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido?