Hubo una pausa.
—La nada —respondió Travesedo, con energía.
Adensábanse las sombras dentro de la estancia. Los tres hombres, por movimiento instintivo, acercáronse al balcón. La noche caía sobre Madrid, aplastando contra los tejados al día, ya caduco, cárdeno y macilento, congestionado en sus últimos esfuerzos por sostener en los hombros aquella masa sideral de tinieblas.
—Yo amo a los niños —bisbiseó Travesedo, con acento de confesión—. Yo siento una gran ternura por los niños. Yo no puedo ver un niño sin conmoverme, como en la iniciación de un misterio. Yo no puedo ver un niño sin pensar: ¿Será, andando el tiempo, un Sócrates, un Dante, un Goethe? —Hizo una pausa—. ¿No le parece a usted, Herr Heinemann, que en casos como el presente esta misma consideración tiene gran fuerza?
—O esta otra —repuso el taciturno Heinemann—. ¿Será un tirano, un ladrón, un traidor, un asesino? Pero, sobre todo, genio o degenerado, grande hombre ú hombre miserable, será ineludiblemente una criatura sujeta al mal metafísico, al físico y al moral; será una criatura imperfecta, atormentada por el dolor de pensar, acosada por la pasión, tentada por el delito, perseguida por la enfermedad y la vejez y vencida a la postre por la muerte. El mundo es malo; la vida es mala y fea y no vale la pena de ser vivida.
Otra pausa. Las puertas de la noche se habían cerrado sobre el cielo, dejando apenas una estría de luz rojiza a ras de tierra.
Travesedo encendió la luz eléctrica, sacó del bolsillo una tarjeta de visita y la respaldó con lápiz.
—Aquí tiene usted una tarjeta de presentación para la Íñigo. Yo me lavo las manos. Usted se entenderá con ella.
Heinemann se despidió, dando las gracias y sacudiendo con reciedumbre la mano de Travesedo y de Guzmán. En quedando a solas, Travesedo apagó la luz y salió a sentarse al balcón. Guzmán estaba en pie, apoyado en el barandal. Después de largo silencio, Travesedo habló como consigo mismo:
—La vida es mala. No hay otro remedio que el suicidio cósmico que aconseja Hartmann.