V
A los dos días de casarse Amparito recibiose un telegrama en casa de Antonia. Era de Verónica. Decía así: «Tren correo llegamos Teófilo y yo. Teófilo mal.»
Travesedo y Guzmán descendieron a la estación a esperar a los viajeros.
Al detenerse el tren, Verónica asomó por una ventanilla e hizo señas a Travesedo y Guzmán. Venía desencajada, descolorida, como después de haber pasado una mala noche. No bien se acercaron los dos amigos, Verónica, sin saludar, dijo impaciente:
—Suban a ayudarme. No se puede mover. Está muy malito.
Teófilo estaba tendido a lo largo de un diván. Su lividez era tanta que semejaba transparecer una amarilla luz interna, la cual, al asomar en el negro vidrio de los ojos, emitía angustiados reflejos.
—¡Me muero, me muero, me muero! —sollozó Teófilo. Cortole la palabra un acceso de tos.
—Sí, está muy malito. Pero no tanto. Es un cobardón. Parece mentira... —y se volvió a mirar a Teófilo, con sonrisa reconfortante.
—Me muero. Escupo sangre. Me muero en seguida. Avisad a mi madre.
—Quizás no sea nada grave. ¿No habéis visto a ningún médico en Celorio? —preguntó Travesedo.