—Pues verás, hijo mío —explicó Verónica—. Hace cosa de ocho días, Rosina recibió una carta de Fernando, en la cual él le decía que iba de un momento a otro a Arenales. Ya sabes que Arenales es el pueblo de Rosina. Fernando creía que ella estaba pasando el verano allí. Si supieras el lío que se traía con eso de las cartas... para no descubrir el pastel. Bueno; con la última carta el cielo se le cayó encima. Vino a decírmelo a mí, con mucho misterio, y quería que yo, con cualquier pretexto, me trajera a Teófilo a Madrid. ¡Qué pretexto ni qué ocho cuartos! Pues va ella, y un día a la mesa, como un escopetazo, le dice a Teófilo que todo tiene que concluir, porque llegaba Fernando. El infeliz Teófilo se quedó talmente como un cadáver. ¡Daba compasión verlo! Tanto, que hasta esa perra se compadeció, y se fue a él haciéndole cucamonas e hipocresías, y «no te apures, bobín, que es para unos días», y aquello de «yo no quiero a nadie más que a ti», y lo de siempre. ¡Qué hiena sin entrañas! A todo esto Teófilo no dijo esta boca es mía; pálido, pálido como un muerto, y un aire tan orgulloso, tan noble... Al día siguiente se nos fue la pájara. En todo el día Teófilo no salió del cuarto. Yo no entré porque respetaba su tristeza, ¡a ver qué iba a hacer yo! Pero, ya por la noche, viendo que no daba señales de sí, le llamé desde la puerta. Él contestaba, pero eran cosas sin sentido. Tomé entonces un quinqué; entré en el cuarto... ¡Virgen de Guadalupe! Todas las almohadas llenas de sangre; Teófilo como un desenterrado, delirando y como si se ahogase. Le toqué la frente; era un horno. Cuando volvió en sus sentidos, lo primero que dijo fue: «Vámonos a Madrid, a escape.» Yo quise llamar al médico del pueblo; él se puso furioso; me entró miedo, y así nos vinimos a Madrid; yo, temiendo que se me muriese en el viaje, porque le entraban a veces unos ahogos que partía el alma verlo. Está muy malito, como veis; pero me da el corazón que cura.
A la tarde, el médico añadió una nueva y más fatídica presunción a su diagnóstico.
—Sospecho que se trata de un caso de granulia —dijo.
—¿Qué es granulia? ¿Alguna erupción? —inquirió Travesedo.
—Tuberculosis virulenta, fulminante. Una antigua tuberculosis latente que de pronto se agudiza, estalla y se propaga a toda la sangre. ¿Ustedes recuerdan si solía toser o tener fiebres frecuentes?
—Él siempre tuvo la aprensión de estar tísico —habló Guzmán.
—Si fuera granulia, como presumo —continuó el médico—, conviene que ustedes se precavan del contagio.
—Y si fuera granulia —preguntó Travesedo—, ¿el caso es desesperado?
—Desesperado. Cosa de diez, quince, veinte días. Pajares se encuentra muy débil.
—¿Sin remedio?