—Sin remedio.

A la mañana siguiente, muy temprano, el médico vino nuevamente, y sentenció que la enfermedad era granulia y que no había salvación.

—¿No será lo mejor llevarlo a El Pardo? —consultó Travesedo.

—¿Para qué? —interrogó a su vez, con amargura, el médico—. Por el contrario, no debe moverse. Que esté en cama o en una butaca, como más a gusto se encuentre; pero que no se mueva. Repito que anden con cuidado con el contagio.

Aquí dio prolijas instrucciones acerca del modo de defenderse del contagio. Concluyó:

—Por supuesto, después de terminado todo, que por desgracia terminará antes de lo que se piensa, es preciso destruir los muebles, ropas, etc. que han estado en contacto con el enfermo y desinfectar la habitación. Es una tuberculosis virulentísima.

Cuando Lolita supo que su ajuar estaba condenado fatalmente a la destrucción, exclamó con ánimo heroico:

—¡Anda y que se lo lleve er mengue! Eso y too lo que tengo daría yo porque er probesiyo tuviera salú. Y eso que no le debo ninguna finesa, porque cuidao que era eriso pa tratá a la gente. ¡Dios lo perdone!

Aquella misma mañana llegó doña Juanita. Todos temían que el encuentro entre madre e hijo trajera consigo escenas lamentables y la subsiguiente agravación de la enfermedad. Estaba Teófilo sentado en una butaca, detrás de los vidrios del balcón. Doña Juanita, con mucha entereza, se acercó a besarle la frente. Teófilo elevó hacia su madre los ojos, con ternura infantil y suplicante:

—Madre, me muero.