—Eso será si yo lo consiento. Pues estaría bueno que yo te dejara morir; yo, una vieja que de nada sirve en el mundo, y tú, un mozo que tiene muchos años y mucha felicidad por delante. Conque, ya lo has oído: no consiento que se hable de cosas tristes.
—Madre, creí que usted no vendría.
—¿Que no vendría? Cállate, pillo; ¿por qué no iba a venir?
—Creí que no vendría, madre. Ya sabe usted por qué.
—Estos mozuelos —replicó doña Juanita, esforzándose en dar un tono descuidado a sus locuciones por esperanzar al hijo—, estos mozuelos tan sabidores y poetas, que presumen de conocerlo todo y se les enfrían las migas de la mano a la boca. Calla, aturdido; ya sé a qué te refieres; pero no sabes de la misa la media. Ya te explicaré, ya te explicaré —y a pesar suyo su voz temblaba con oscilaciones dubitativas, como caminando a oscuras entre los dédalos de la vida y de la muerte.
Verónica, de enfermera todo el tiempo que duró aquel morbo ávido que consumía a Teófilo hora por hora, condújose con abnegación, solicitud y blandura tales, que a todos tenían admirados y movieron a doña Juanita al más amante y maternal reconocimiento. No se avenía Verónica fácilmente a que Teófilo muriese. Confiaba en el milagro. Como prestaba absoluta fe al oráculo de Hermes Trimegisto, entre ella y Lolita, con mucha discreción, consultaron por dos veces el libro de los augurios, en la pregunta: «¿Sanará el enfermo?» La primera vez respondió la palabra revelada: «El enfermo puede sanar, pero bueno es estar preparado para lo peor.» La segunda: «Los dolores con que es afligido el enfermo terminarán muy pronto.»
—Nos hemos quedao como estábamos, a la luna de Valensia y sin saber a qué carta quedarnos —dijo Lolita.
Pero Verónica tuvo la corazonada de que aquellas respuestas anfibológicas anunciaban la muerte de Teófilo.
Una tarde estaban a solas el poeta y la bailarina. Verónica, sentada en una sillita baja, no lejos del enfermo. Teófilo, hundido en un butacón, con los ojos entornados.
—¿Sabe que dentro de ocho días es la apertura del teatro y comienzo a bailar de nuevo? —habló Verónica.