—¿Y te vas a marchar? —bisbiseó Teófilo.
—Marcharme... vamos. Pues solo faltaba eso. No sé si aceptar el contrato. En todo caso iría tres horitas al teatro, por la noche, y luego vuelta aquí, si usted me necesita.
—Sí, sí.
—¿Le molesta que hable? ¿Le duele la cabeza?
—Sí; pero no me molesta que hables. Al contrario.
—¿Quiere un poco de agua azucarada?
—Sí; me abrasa la boca.
Verónica acudió con el vaso de agua y lo acercó a los labios de Teófilo.
—Gracias, Verónica. Bendita seas.
—Calle, no diga. Si no vale la pena...